Aponissos, el Caribe del Golfo Sarónico
La primera vez que ves Aponissos no das crédito. El agua es de un turquesa tan intenso, tan brillante, que parece un filtro de Instagram pero en la vida real. Te paras. Parpadeas. Y confirmas que sí, que ese color existe de verdad.
Aponissos es el extremo suroeste de Agistri. Es un islote minúsculo, privado, unido a la isla principal por un pequeño puente de piedra. Al cruzarlo, entras en otro mundo. A la izquierda, una cala resguardada con tumbonas blancas y sombrillas de paja. A la derecha, una plataforma de roca con escaleras que bajan directamente al agua turquesa.
El dueño del islote ha montado una taverna justo encima del mar. Las mesas, bajo una pérgola de madera, miran a la cala. El menú es corto pero memorable: pulpo a la parrilla, calamares frescos, ensalada griega. Y cerveza Mythos helada, que a las dos de la tarde sabe a gloria.
El agua de Aponissos es lo que hace famosa a esta playa. Un color que vira del azul al verde según la luz. Tan transparente que ves los peces nadar bajo tus pies. Ideal para hacer snorkel alrededor de las rocas del islote. Hay bancos de pececillos plateados y, con suerte, alguna estrella de mar.
El acceso cuesta unos pocos euros (el islote es privado). Las tumbonas se pagan a parte, unos 5-8 euros. Si no quieres gastar, puedes sentarte en las rocas del otro lado del puente. El agua es la misma. La magia también.
En temporada alta, agosto sobre todo, Aponissos se llena. Los barcos de recreo fondean en la bahía y las tumbonas vuelan. Pero en junio y septiembre es el paraíso. Ven pronto por la mañana. Las diez es una hora perfecta. El sol aún no aprieta, el agua está plana como un espejo y las tumbonas te esperan vacías.
Aponissos fue nuestro primer baño en Agistri. Y también el último. Porque después de recorrer todas las playas de la isla, volvimos aquí. Para despedirnos del agua turquesa y prometernos que algún día regresaríamos.