Dragonera, la playa de los pinos
Dragonera fue la primera playa que pisamos al bajar del ferry. No la del puerto, sino esta: una cala de guijarros en la costa oeste, rodeada de pinos que casi meten las ramas en el agua. Llegamos en bici desde Skala, pedaleando por la carretera de circunvalación. El desvío está señalizado. Una pista de tierra baja entre los árboles y, de repente, aparece.
Lo primero que piensas al ver Dragonera es que el nombre le va grande. «Dragonera» suena a leyenda, a monstruo marino, a batalla mitológica. Pero la playa es todo lo contrario: tranquila, recogida, casi hogareña. A lo mejor el dragón se fue de vacaciones.
La playa es de guijarros finos y aguas transparentes. El fondo es de roca, así que unas escarpinas no van mal. Pero el agua es tan clara que ves cada piedrecita del fondo. El snorkel aquí es estupendo. Entre las rocas de los extremos se esconden peces de colores, erizos y, con suerte, algún pulpo curioso.
Lo mejor de Dragonera son los pinos. Crecen tan cerca del agua que proyectan una sombra densa sobre buena parte de la playa. Puedes estar tirado en la toalla, leyendo un libro, sin necesidad de sombrilla. Olor a resina, brisa marina y el mar chapoteando a dos metros. El plan perfecto para una tarde de verano.
En temporada alta hay un pequeño chiringuito que sirve bebidas y bocadillos. También alquilan tumbonas. Pero el ambiente sigue siendo relajado. Nada de música a todo volumen ni aglomeraciones. Las familias griegas vienen con sus neveras y sus flotadores. Los niños chapotean en la orilla. Los abuelos leen el periódico bajo los pinos.
Dragonera no es la playa más espectacular de Agistri. Para eso está Aponissos. Ni la más salvaje, que es Chalikiada. Pero es la más equilibrada. Bonita, accesible y con servicios justos. Nosotros volvimos tres veces durante nuestra estancia. Y ninguna nos decepcionó.