Ioulida: la chora que parece un pueblo italiano
La primera impresión que da Ioulida al llegar es de despiste: no se parece a ninguna otra capital cicládica. Donde uno espera muros encalados y cúpulas azules, encuentra tejados de teja roja, casas de piedra desnuda y callejones empedrados que suben y bajan en zigzag. La arquitectura tiene tanto de pueblo medieval ligur como de chora griega, y eso se debe a la historia: durante siglos Kea estuvo bajo dominio veneciano y genovés, y las familias que reconstruyeron Ioulida en el siglo XII trajeron consigo su forma de construir. El resultado es uno de los pueblos más fotogénicos de las Cícladas, precisamente porque no encaja en el cliché.
Cómo llegar y dónde aparcar
Ioulida está a 8 km del puerto de Korissia, en el interior y a 350 metros sobre el nivel del mar. Se llega por una carretera asfaltada de curvas suaves en 15 minutos en coche. El detalle clave: el pueblo es peatonal, así que tienes que aparcar fuera y entrar andando. Hay tres aparcamientos gratuitos en los accesos: el del oeste (frente al cementerio, el más amplio) es el más fácil y deja la entrada al pueblo a 100 metros. Desde ahí ya solo se entra a pie por una rampa empedrada, atravesando un arco que marca la entrada antigua a la chora.
Para quien tenga problemas de movilidad o vaya con maletas, conviene saber que las calles dentro son escalonadas, en cuesta, con piedra resbaladiza cuando llueve. No es Mykonos, pero tampoco es plano. Lo mejor es venir con zapato cómodo (mejor de suela de goma) y planear una visita de 2-3 horas mínimo para no agobiarse.
Lo imprescindible que ver
El Ayuntamiento neoclásico (1902) es el primer edificio que sorprende: dos plantas amarillas con columnas blancas, copia en pequeño de las mansiones de Atenas del siglo XIX. Está justo en la plaza principal y todavía funciona como sede municipal. En sus muros hay clavadas piezas arqueológicas reutilizadas (un trozo de friso aquí, una columna allá) que llevan así desde 1902. Justo al lado está la escuela antigua, otro edificio neoclásico convertido en biblioteca y centro cultural.
Subiendo por el callejón principal llegas al Kastro, el barrio fortificado en la parte alta. De la muralla genovesa original quedan tramos visibles y una de las puertas de acceso. Las vistas desde aquí abarcan toda la costa norte de la isla, con el monasterio de Panagia Kastriani recortándose a lo lejos sobre el mar. Es el mejor mirador para el atardecer: la luz dorada cae sobre los tejados rojos y el azul del Egeo de fondo.
El Museo Arqueológico (entrada 4 €) está a media subida y merece la parada, aunque sea pequeño. Tiene piezas de las cuatro ciudades antiguas de Kea, incluida cerámica geométrica, esculturas funerarias y un par de estatuas marmóreas en muy buen estado. Si vas a hacer la excursión a Karthaia, el museo te da el contexto histórico imprescindible.
Y fuera del pueblo, a 15 minutos andando por un sendero en bajada, está el famoso León de Kea, la escultura monolítica del siglo VI a.C. tallada en granito. Es la salida más corta y obligada desde Ioulida.
Dónde comer y tomar algo
En la plaza principal hay tres o cuatro tabernas tradicionales, todas con terraza a la sombra de unos plátanos centenarios. Rolando's y To Kalofagadon son las dos más recomendables, con cocina griega clásica bien hecha y precios razonables (cuenta 18-22 € por persona). Pide loza, la longaniza local especiada que es la especialidad de la isla. Más arriba, en el Kastro, hay dos cafés panorámicos perfectos para el atardecer: un café griego con vista a 360° por 2,50 €.
Para postre o desayuno, To Steki tis Yiayias ("el rincón de la abuela") sirve un yogur con miel de tomillo local y nueces que es probablemente el mejor desayuno de la isla. Cierran a media tarde, así que conviene venir por la mañana.
Cuándo venir y qué evitar
Ioulida funciona mejor a primera y última hora del día. Por la mañana (antes de las 11:00) tiene esa luz suave que hace fotografía perfecta y las tabernas están aún en silencio. Al atardecer (después de las 19:00) las terrazas se animan, los locales salen a pasear y el ambiente se vuelve familiar y relajado. El mediodía en pleno agosto puede ser duro: poca sombra, calor concentrado entre los muros de piedra y restaurantes saturados. Si solo puedes venir entonces, dedícate al museo y a los callejones más estrechos donde hay sombra perpetua.