Myrina es una de esas capitales isleñas que consiguen ser turísticas sin renunciar a ser una ciudad de verdad. Aquí vive gente durante todo el año, aquí se compra el pan y se llenan los depósitos de gasolina, y desde aquí se organiza la logística de la isla entera. La primera impresión, cuando llegamos por primera vez en el ferry desde Lavrio, fue la de un puerto tranquilo dominado por un castillo enorme que corta el horizonte en dos.
El castillo genovés y los ciervos
El kastro medieval de Myrina se levantó sobre una península rocosa que divide la ciudad en dos bahías. Lo construyeron los bizantinos en el siglo XII sobre restos aún más antiguos, y lo ampliaron después los venecianos y los genoveses (los Gattilusi) en el XIV. En 1462 cayó en manos otomanas y, ya casi en ruinas, fue restaurado parcialmente en los años 90.
Lo que hace único al castillo de Myrina no es tanto la arquitectura como una particularidad extraña: dentro viven entre 50 y 70 ciervos comunes en libertad, descendientes de tres ejemplares que Rodas donó a la isla en los años 70. Vas subiendo el sendero al atardecer, y en la última curva antes de la muralla te encuentras un macho con los cuernos altos mirándote. Es raro y bonito. El acceso al castillo es gratuito, siempre está abierto, y el paseo desde la plaza central te toma unos 20-25 minutos. Pain point: en verano hay que subirlo temprano por la mañana o al atardecer, en pleno mediodía la roca guarda el calor y no hay una sola sombra.
Las vistas desde arriba se extienden hasta el monte Athos y, en días claros, hasta la costa turca. Al atardecer, cuando el sol se pone tras el mar y las luces de los cafés se encienden abajo, tienes uno de esos momentos que se recuerdan mucho después del viaje.
Las dos playas y las dos "orillas"
El castillo divide Myrina en dos barrios con nombres que hablan de la historia: Romeikos Gialos (la "orilla griega") al norte y Turkikos Gialos (la "orilla turca") al sur. Los otomanos, que gobernaron cuatro siglos, forzaron esa segregación. Hoy son dos paseos marítimos preciosos, cada uno con su propia playa urbana.
Romeikos Gialos es el más famoso: mansiones neoclásicas del XIX construidas por comerciantes griegos ricos, cafeterías con mesas frente al mar y una arena gruesa en la que la gente se tira a las 8 de la tarde con una cerveza en la mano. Turkikos, más al sur, es más tranquilo, más popular, con tabernas familiares donde el calamar recién pescado sigue siendo barato.
Comer bien sin gastarse una fortuna
Myrina tiene la mejor concentración de tabernas de la isla. La regla es sencilla: aléjate de la orilla más turística y camina 3-4 calles hacia el interior. En la zona del mercado y de la calle Kyda encontrarás mesas donde comen los locales: cordero al horno, calamar relleno de flomaria (la pasta artesanal de Limnos), quesos Kalathaki y Melichloro con miel local, y el imprescindible vino Muscat de bodegas de la isla. Comer bien para dos personas se queda en 25-35 €.
Cómo llegar y aparcar
Myrina es el puerto principal y la puerta de la isla. El ferry desde Lavrio o Kavala atraca aquí, y el aeropuerto Hefesto (LXS) está a 20 minutos en taxi (unos 25 €). Aparcar en el centro es complicado en agosto pero fácil el resto del año. Hay un aparcamiento gratuito grande junto al puerto y otro cerca del mercado.
Desde Myrina se organizan casi todos los viajes por el interior: rutas de bodegas, excursiones a Poliochni y Hefestia, y las salidas a las playas del sur y del norte. Es la base natural para la primera vez que pisas Limnos.