Skliri, donde los atenienses hacen el vermut

Skliri tiene un problema: no es la playa más bonita de Agistri. Aponissos gana en color del agua. Dragonera en sombra natural. Chalikiada en salvajismo. Pero Skliri tiene algo que las otras no tienen. Tiene ritual.

El ritual del vermut del mediodía. Los atenienses lo han convertido en parada obligatoria de cualquier escapada a la isla. Y cuando un ateniense convierte algo en tradición, más te vale hacerle caso.

Llegamos a Skliri pedaleando desde Skala. Está a unos tres kilómetros hacia el oeste, pasando Megalochori. La carretera de circunvalación te deja prácticamente en la puerta. La playa es pequeña. Muy pequeña. Una calita de arena y guijarros resguardada por una colina cubierta de pinos que la protege del viento.

El agua es cristalina. No tiene el turquesa caribeño de Aponissos, pero gana en tranquilidad. Es una piscina natural de aguas calmas, poco profundas, ideales para flotar sin prisa. Los pinos de la colina se reflejan en el agua creando un mosaico de verdes y azules hipnótico.

El chiringuito de Skliri es el alma de la playa. Una construcción sencilla de madera con una terraza que mira al mar. Sirven bebidas, cafés, bocadillos y platos griegos sencillos. Pero lo importante no es la carta. Es el momento.

A partir de la una del mediodía, Skliri se transforma. Llegan los atenienses que han pasado la mañana en otras playas. Aparcan las bicis apoyadas en los pinos. Piden sus vermuts, sus ouzos, sus cervezas Mythos. Se sientan en la terraza con los pies casi colgando sobre el agua. Charlan, ríen, brindan. El ambiente es de una felicidad contagiosa.

Nosotros llegamos temprano, sobre las once. La playa estaba vacía. Solo un señor mayor griego nadando de espaldas en el centro de la cala. Nos instalamos en las tumbonas. Leímos. Nos bañamos. Dormitamos bajo el sol.

A la una, el panorama cambió. Familias con niños. Parejas jóvenes. Grupos de amigos. En veinte minutos, todas las mesas del chiringuito estaban ocupadas. La música sonaba bajita. El olor a calamares a la parrilla llegaba flotando desde la cocina. Pedimos nuestro vermut. Brindamos. Y entendimos por qué los atenienses han hecho de esto un ritual.

Skliri no es la playa más espectacular de Agistri. Pero es la playa con más alma. La que te hace sentir que estás de vacaciones de verdad. La que te recuerda que el mejor plan en Grecia es no tener plan. Solo un vermut, el mar y tiempo para gastar.

Por la tarde, la playa se vacía tan rápido como se llenó. Los atenienses vuelven a sus hoteles, a sus siestas, a sus planes de tarde. Y Skliri recupera su calma. El sol baja. Los pinos alargan sus sombras. El mar se vuelve un espejo. Si te quedas hasta el atardecer, tendrás Skliri para ti solo. Y ese momento, con el vermut aún en el paladar y el sol tiñendo de oro la colina, vale más que cualquier playa de postal.