Livadi es la playa de cabecera de Iraklia y la primera que casi todo el mundo pisa cuando llega: nos bastó dejar las maletas en la pensión y andar quince minutos para meternos en el agua. Es una bahía amplia, abierta al sureste, con trescientos metros de arena fina y un fondo que entra muy poco a poco. El agua está cristalina y, al menos durante la mañana, se ve el fondo a varios metros sin esfuerzo. Cuando hay meltemi (el viento del norte), Livadi queda perfectamente resguardada porque mira al sureste, así que sigue siendo el plan B perfecto cuando otras playas de las Cícladas son inviables.

Hay dos puntos de sombra naturales: una hilera de tamariscos en la parte central y un par de pinos en el extremo este, junto al pequeño chiringuito Pera Panta. Si llegas pronto (antes de las 11) consigues sombra fácil; si llegas a mediodía en julio o agosto, mejor traer parasol porque las sombras buenas están todas pilladas. No hay alquiler de sombrillas masivo: cuatro o cinco tumbonas frente al chiringuito y poco más. Es una playa familiar pero sin masificar: nuestro recuento un sábado de julio fue de unas cuarenta personas en toda la bahía.

La arena es de grano medio, dorada, sin piedras ni algas molestas. La entrada al agua es muy suave, ideal para niños pequeños y para quien no domine la natación. En el extremo oeste, junto a unas rocas, hay una pequeña zona discreta donde algunos se bañan sin bañador (la isla tiene tolerancia con el nudismo, sin ser oficialmente nudista). Si viajas en familia, esa esquina te conviene evitar; el resto de la playa es completamente convencional.

Los servicios son básicos pero suficientes. El chiringuito Pera Panta hace cafés decentes, tartas caseras (la de calabaza es famosa) y bocadillos para llevar. No es el típico beach bar con música a tope: cierra al atardecer y la energía es muy familiar. Más arriba, a cinco minutos por la carretera, está la taberna Akathi, donde sirven pescado del día y un guiso de cabra al limón muy bueno. Para una comida más larga, lo lógico es bañarse en Livadi por la mañana, comer en alguna de las tabernas del pueblo y volver a la playa por la tarde.

¿Pega Livadi con todos los perfiles de viajero? Sí, en su mayor parte. Es perfecta para familias, parejas y viajeros solos que buscan tranquilidad. No tiene deportes acuáticos, ni motos de agua, ni paseos en banana: para eso hay que ir a Naxos. Tampoco tiene vibe de fiesta: nadie pone música, nadie monta torneos de palas. Es una playa para leer, nadar, dormir bajo un tamarisco y empezar otra vez. Si vienes desde Mykonos buscando ese tipo de vibración, te va a parecer aburridísima. Si vienes con dos novelas pendientes y ganas de no oír a nadie, vas a entender por qué la gente repite cada año.

Para acceder a la playa desde el puerto, la opción habitual es ir andando: diez o quince minutos por una pista de tierra al sur del muelle, con el mar siempre a la izquierda. Hay también un autobús local que pasa varias veces al día y que conecta Agios Georgios con Panagia parando en Livadi (un par de euros por trayecto). Si alquilas un quad o una moto en el puerto, son tres minutos de trayecto. No hay parking marcado pero se aparca sin problema en la pista de tierra que termina en la arena.

Una recomendación práctica: el agua dulce no abunda en la playa. Hay una fuente pequeña en el chiringuito, pero la presión es regular y conviene llegar con tu propia botella de agua llena. Lo mismo con el papel higiénico para los baños del chiringuito: en agosto se gasta y no siempre lo reponen rápido. Lo bueno de una isla pequeña: si vas a hacer tarde, lo dices y te lo ponen sin problema.

Conviene combinar Livadi con un día completo en Iraklia visitando la cueva de Agios Ioannis por la mañana y bajando a la playa por la tarde, o reservar un baño largo aquí antes de meterse en el sendero a la playa de Tourkopigado. Las dos son experiencias muy distintas y las dos vale la pena hacerlas el mismo viaje.