Vorini Spilia es el secreto que los locales solo cuentan a quien pregunta dos veces. No aparece señalizada con grandes carteles, no figura en los flyers turísticos del puerto, y el sendero arranca de un lugar tan inocente como el patio de la iglesia de Taxiarches, en lo alto de Agios Georgios. Veinticinco minutos de caminata por una pista de tierra que bordea el flanco norte de la isla y, de pronto, se abre a una cala de cincuenta metros con el mar entrando bruscamente entre dos paredes rocosas. Es preciosa y, lo más importante, suele estar vacía.

La cala mira al norte, lo que tiene una consecuencia directa para el visitante: cuando sopla meltemi (el viento del norte que en verano puede ser fuerte), Vorini Spilia se pone imposible, con olas y resaca. En cambio, en los días sin viento, el agua se queda como un cristal y el lugar muestra su mejor cara. Conviene preguntar la previsión antes de salir: si el termómetro marca calor sin brisa, es perfecto; si las palmeras del puerto se mueven con fuerza, mejor dejarlo para otro día y bajar a Livadi o caminar al sur hasta Tourkopigado.

El fondo es profundo cerca de la orilla: a dos o tres metros del agua ya cubre, lo que descarta a Vorini Spilia para familias con niños pequeños. En cambio, para nadadores y aficionados al snorkel es una pequeña delicia. El agua es muy clara, las paredes rocosas crean refugio para pulpos y pargos, y la ausencia de embarcaciones (no hay barca regular ni acceso por mar fácil) garantiza un mar virgen. Llevar gafas y aletas es muy recomendable.

La playa es minúscula y de cantos gruesos, no de arena. Esto significa que se está más cómodo con esterilla que con toalla, y que las alpargatas para entrar al agua son útiles. No hay sombra natural más allá de una pequeña veta que da la roca norte al final de la tarde. En verano lo lógico es ir a primera hora de la mañana o después de las cinco; al mediodía el calor sin sombra es duro.

El acceso es la otra clave del lugar. El sendero está marcado pero no es perfecto: hay tramos donde hay que mirar bien las marcas amarillas en las piedras para no perder el rumbo. La caminata no es exigente (unos veinticinco minutos a paso normal, sin desniveles fuertes) pero el último tramo, descendiendo a la cala, sí es algo más empinado y conviene ir con calzado cerrado. Volver al puerto cuesta lo mismo en tiempo pero se hace más cansado por la subida final. Calcular cuarenta minutos completos de ida y vuelta es realista.

La gran ventaja de Vorini Spilia es que casi nunca hay nadie. En tres visitas en distintos veranos, hemos encontrado un total de cinco personas más. Es el lugar perfecto para parejas que quieran un baño completamente íntimo, para fotógrafos que busquen una cala virgen del Egeo, o para escritores en busca de cuatro horas de soledad con cuaderno y agua salada. Lo único que pide es que respetes el lugar: llevarte tu basura, no encender fuego, no recolectar piedras ni conchas. La cala se mantiene así porque pocos pasan por aquí.

Una buena combinación es hacer Vorini Spilia por la mañana, volver al puerto, comer una ensalada griega en cualquier taberna y dedicar la tarde a recorrer el pueblo de Agios Georgios. Otra opción es enlazarlo con la subida al monte Papas saliendo desde Panagia el día siguiente, para tener dos planes complementarios de senderismo en jornadas distintas.