La Torre Bellenis se ve desde casi cualquier punto de la bahía de Alinda: un edificio de piedra tallada con almenas cuadradas y torre central, plantado en un jardín de pinos junto a la carretera costera. Es la construcción civil más elegante de la isla y una rareza arquitectónica: mezcla el neoclasicismo italiano de principios del siglo XX con elementos que remiten a las torres góticas venecianas y a la arquitectura de fortín renacentista.

La levantó Parisis Bellenis, un armador y comerciante local de origen egipcio que hizo fortuna en Alejandría a finales del XIX y decidió construirse una residencia de verano en su Leros natal. La terminó hacia 1908, pocos años antes de la ocupación italiana. Durante décadas fue la villa familiar; a partir de los años 80 la familia cedió el edificio al municipio y en los 90 se abrió al público como Museo de Arte Popular de Leros.

La visita es corta pero muy digna. En la planta baja hay una recreación de una cocina tradicional lerossiana con horno de leña, mortero de piedra para triturar el trigo, calderos de cobre para queso, alacenas talladas y utensilios de barro cocido. La segunda sala expone trajes tradicionales: la vestimenta femenina de gala típica de la isla, con corpiños bordados en oro, faldas de terciopelo negro y tocados de seda, junto con la ropa masculina más austera (chalecos, camisas anchas, fajas de lino). Muchas de estas piezas se siguen sacando el 15 de agosto durante la fiesta de la Virgen en Platanos.

En la primera planta la exposición se organiza por oficios: pesca, agricultura, artesanía textil, apicultura, alfarería. Aparece por ejemplo un telar de suelo completo restaurado, con la trama y urdimbre montadas para que se entienda el proceso; una prensa de aceituna manual; herramientas de pesca antiguas con nasas de mimbre. Un pequeño rincón está dedicado a la producción de esponjas, actividad que Leros compartía con las cercanas Kalymnos y Halki: hay ejemplares de esponjas naturales secas, cuchillos de recolección, escafandras primitivas y fotografías de finales del XIX con los buceadores locales trabajando frente a la costa.

En el ala este del museo, una sala dedicada a la historia fotográfica reúne unas doscientas imágenes en blanco y negro que documentan la vida cotidiana de la isla entre 1900 y 1970: bodas tradicionales en Platanos, la construcción de Lakki en los años 30 (con obreros locales y arquitectos italianos posando frente al edificio del cine), pescadores en Panteli descargando la captura, escenas escolares durante la ocupación italiana. Es la pieza más humana del museo y la que más se disfruta con calma.

Un detalle poco conocido: en la escalera principal se conservan las cerámicas decorativas originales del hall, con motivos florales azules pintados a mano, importadas por Bellenis directamente desde Alejandría. Es un pequeño guiño oriental dentro de una arquitectura por lo demás mediterráneo-clásica.

Punto de dolor honesto: el museo es pequeño (se visita cómodamente en 45-60 minutos) y algunos paneles explicativos solo están en griego, aunque las piezas están razonablemente bien identificadas con etiquetas bilingües. No hay audioguía. Si te interesa profundizar, pregunta en recepción por Katerina, la responsable del museo: si tiene tiempo se ofrece a acompañarte por las salas con explicaciones detalladas en inglés.

La entrada cuesta 3 € (2 € reducida). El horario varía según temporada: en junio, julio, agosto y septiembre abre de 10:00 a 13:00 y de 18:00 a 21:00, con pausa en las horas centrales. En temporada baja abre solo mañanas y cierra los lunes. Verifica antes de venir si viajas fuera de temporada alta.

La ubicación del museo lo hace fácil de combinar con otras visitas: está a menos de 200 metros de la playa de Alinda, justo al norte del extremo de la playa. Puedes bañarte por la mañana, comer en una taberna del paseo, y dedicar la tarde a la Torre Bellenis. También es la última parada natural antes de subir a Platanos y el castillo si vienes bajando desde el aeropuerto.

Un consejo final: los jardines de la Torre están siempre abiertos y son libres. Aunque no entres al museo, merece la pena pasear por el pinar que rodea el edificio y admirar la fachada desde fuera. Al atardecer, con la luz dorada sobre la piedra, es uno de los rincones más fotogénicos de Alinda.