Platanos es el pueblo blanco que se ve desde casi cualquier punto de Leros: una lengua urbana que se derrama por la ladera occidental de la colina del castillo, con casas de dos plantas encaladas, tejados de teja árabe y una plaza central presidida por un plátano enorme que le da el nombre al lugar. Es la capital administrativa histórica de la isla y el nudo de comunicación entre las dos bahías principales: baja hacia el norte y llegas al puerto de Agia Marina, baja hacia el sur y llegas al puerto pesquero de Panteli. Los tres pueblos forman una conurbación de facto donde nadie sabe muy bien dónde termina uno y empieza el otro.

En el centro de Platanos está la plaza principal con el plátano, el edificio del ayuntamiento (que alberga una pequeña colección arqueológica con piezas del yacimiento de Partheni), la iglesia de Agia Paraskevi y las tres o cuatro cafeterías donde por la mañana toma café todo el pueblo. Es la Grecia auténtica en su versión más cotidiana: gente charlando, tenderos abriendo persianas, motos pasando a mediodía, ese ritmo lento e imperturbable que la isla mantiene desde hace décadas.

Pero lo que hace único a Platanos está encima: el castillo de Panagia, colgado sobre el pueblo a 200 metros de altura. Sus cimientos son bizantinos del siglo X, construidos sobre una acrópolis anterior de la que aún se conservan restos de muralla en el flanco norte. Los Caballeros de San Juan añadieron los muros exteriores en los siglos XIV y XV, cuando el Dodecaneso entero era un puesto avanzado de la cristiandad frente al Imperio Otomano. Del conjunto original hoy sobreviven las murallas casi completas, varias torres de vigía, una cisterna antigua y sobre todo el Monasterio de la Panagia, dentro del recinto, con una icónica campana y un icono venerado de la Virgen que dio nombre al conjunto.

Se sube al castillo por dos rutas. La primera y la más recomendable es la escalera empedrada de 400 escalones que arranca desde el pueblo de Panteli (lado sur). Es una subida exigente pero absolutamente hermosa: los escalones pasan entre casas, palmeras y capillas privadas, y a mitad de camino hay una fuente antigua donde recuperar el aliento. Se hace en unos 25-30 minutos si vas sin prisa. Punto de dolor: si vienes en agosto a mediodía, ni lo intentes. Sube al amanecer o después de las 18:00, cuando el sol ya no pega. La segunda ruta es una carretera asfaltada que sube en curvas desde Platanos pasando por los característicos molinos de viento; se puede subir en coche o scooter hasta un aparcamiento a 100 metros de la puerta principal.

Las vistas desde las murallas son el gran premio y justifican por sí solas la subida. Al norte, la bahía de Agia Marina se despliega en toda su longitud, con el puerto, los pequeños hoteles blancos de Alinda al fondo y las siluetas de Lipsi y Marathi en el horizonte. Al sur, Panteli se ve como un puñado de casas alrededor del puerto pesquero, con la playa de Vromolithos más allá. Y en días claros, hacia el este, la costa turca (Bodrum y sus alrededores) aparece nítida al otro lado del mar. Es una de las vistas de 360 grados más completas de todo el Dodecaneso.

El interior del castillo alberga el pequeño Museo Eclesiástico, con iconos, vestimentas litúrgicas y objetos de plata del monasterio, y la propia iglesia de la Panagia con su icono central. La entrada al recinto cuesta 3 € (2 € reducida) y el horario habitual es de 08:00 a 12:30 y luego de 16:00 a 20:00 en verano, cerrando los lunes. Verifica en el ayuntamiento de Platanos antes de subir en temporada baja, porque los horarios se reducen mucho de noviembre a abril.

Un detalle que muchos viajeros no conocen: en verano el castillo acoge representaciones teatrales al aire libre, dentro del recinto amurallado, casi siempre en griego (obras clásicas u obras contemporáneas de temática mediterránea). Aunque no entiendas el idioma, la experiencia de ver teatro a 200 metros sobre el Egeo, con las murallas iluminadas al fondo, es una de esas cosas que quedan grabadas. Consulta la programación en la oficina municipal de turismo o en los carteles del pueblo.

Baja después al puerto de Panteli a cenar pescado fresco: cerrar el día en una taberna con los pies casi en el agua, después de haber visto el castillo desde arriba y desde abajo, es probablemente el mejor recuerdo que se puede llevar de la isla.