Panteli es probablemente el rincón que aparece en más fotografías de Leros, y con razón. Es un pequeño puerto pesquero encajado entre dos colinas, con la silueta del castillo bizantino de Panagia coronando la vista al oeste y una hilera de tabernas cuyas mesas casi tocan el agua. Al llegar por primera vez, sobre todo si vienes bajando desde Platanos por la carretera serpenteante, la impresión es inmediata: esto es lo que uno imagina cuando piensa en un pueblo de pescadores griego.
El pueblo es minúsculo. Doce, quince tabernas alineadas en un paseo de 300 metros, un par de tiendas de artesanía y productos locales, unos cuantos estudios y apartamentos para turistas encaramados por las callejuelas laterales. Y al fondo, el puerto: no más de treinta barcas pesqueras multicolores amarradas al muelle, algunas con los aparejos todavía dispuestos sobre cubierta cuando amanece. Los pescadores de Panteli salen a faenar de madrugada y vuelven entre las nueve y las once de la mañana con la captura del día. Verlos descargar las cajas con pulpo, calamar, salmonete y gambas rojas de Symi es un espectáculo espontáneo que se puede disfrutar sentado en cualquier cafetería con vistas al puerto.
La cocina es el motivo real por el que la gente cena en Panteli. Aquí no hay grandes chefs ni tabernas de diseño: hay recetas familiares, pescado descargado esa mañana y precios que dejan en ridículo a Mykonos o Santorini. Un pulpo asado ronda los 12-14 €, unas gambas rojas grandes 18-22 €, un pescado del día a la sal 25-30 € (para dos personas), y un buen surtido de mezze tradicionales (taramasalada casera, dolmades, tzatziki, ensalada horiátiki) entre 4 y 7 € cada uno. Cenar bien con vino local por 22-28 € por persona no solo es posible, sino lo normal. Las tabernas más recomendadas son las que están en la parte más alejada del muelle, hacia la izquierda si miras al mar: Psaropoula, Zorbas y Mylos son las que la mayoría de locales cita cuando se les pregunta. Mylos, además, ocupa el edificio de un antiguo molino de aceite, con una terraza superior con vistas espectaculares al atardecer.
El pueblo tiene también su propia playa, Playa de Panteli, justo al fondo del puerto: arena y guijarros, muy tranquila, ideal para pasar la mañana antes de subir al castillo o comer en una taberna. No es la playa más espectacular de la isla (esa distinción se la lleva Vromolithos, a menos de un kilómetro por la costa), pero para bañarse un rato entre visita y visita es perfecta.
Un detalle práctico: si viajas en septiembre, Panteli celebra el Festival del Pescador durante el primer fin de semana del mes. Los pescadores locales organizan una gran comida popular en el paseo marítimo con degustaciones gratuitas de pescado fresco, música tradicional griega en directo, baile en la plaza y una liturgia ortodoxa por los pescadores fallecidos en el mar. Es probablemente la mejor fecha para vivir el pueblo en su versión más auténtica, y los precios de alojamiento no suben (a diferencia de los grandes festivales de otras islas). Merece la pena planificar la visita a Leros alrededor de esa fecha si tu calendario lo permite.
La conexión con el resto de la isla es sencilla. Platanos está a diez minutos caminando cuesta arriba (o cinco en scooter), Vromolithos a un cuarto de hora a pie por un sendero costero absolutamente hermoso, y Lakki a solo 4 km. También desde Panteli sale la escalera de 400 escalones que sube al castillo de Panagia, uno de los ascensos más emblemáticos del Dodecaneso. Si estás alojado en el pueblo puedes subir al amanecer, bajar a desayunar a una cafetería del puerto y todavía te queda la mañana entera libre.
Panteli no tiene mucho más que ofrecer, y eso es exactamente lo que lo hace especial. Cero animación turística, cero fiestas, cero circuitos de excursiones. Un pueblo que sigue funcionando como funcionaba hace cuarenta años, con las barcas saliendo antes del amanecer y volviendo a media mañana. Si te pierdes la cena aquí, te has perdido lo más importante de Leros.