Un museo raro y estupendo
En el puerto de Vlychada, en el extremo sur de la isla, hay una nave industrial de piedra con chimenea de ladrillo que durante décadas fue la fábrica de conservas de tomate D. Nomikos. Cerró en 1981, se quedó abandonada, y en 2014 volvió a abrir convertida en el Museo Industrial del Tomate, dentro de un complejo cultural llamado Santorini Arts Factory.
Es una de las visitas más inesperadas de Santorini y de las pocas que cuentan la isla del siglo XX, la que existía antes de los hoteles con piscina infinita.
Lo que se ve
La maquinaria original sigue ahí, restaurada y en su sitio: las calderas de vapor, las cintas de selección, las prensas, la línea de enlatado, los generadores. Se recorre por un circuito que atraviesa la nave y explica el proceso completo, desde la recogida a mano hasta la lata que salía por el muelle rumbo a Europa.
Lo mejor, sin embargo, son las grabaciones de los antiguos trabajadores. En varios puntos hay audios y vídeos con testimonios de mujeres y hombres que trabajaron ahí en los años cincuenta y sesenta, contando las jornadas de dieciséis horas en pleno agosto, el calor de las calderas, los sueldos y las canciones que cantaban para aguantar el turno. Es lo que convierte el museo en algo más que una colección de máquinas.
Por qué el tomate importa tanto aquí
El tomatito de Santorini es una variedad diminuta y arrugada que sobrevive sin riego en suelo de ceniza volcánica, absorbiendo la humedad de la niebla nocturna. Su sabor es extraordinariamente concentrado y durante casi un siglo fue el motor económico de la isla: llegó a haber más de una docena de fábricas de conserva funcionando a la vez.
La producción se hundió en los años setenta, cuando la agricultura dejó de ser rentable frente al turismo y la mano de obra emigró. Hoy quedan pocos productores y el tomate está protegido con denominación de origen, sobre todo destinado a la restauración local, a la pasta de tomate artesanal y a las famosas tomatokeftedes, las albóndigas de tomate frito que se comen en toda la isla.
Entender esa historia cambia la forma de leer un plato de fava con tomatitos secos en una taberna de Pyrgos.
¿Merece el desvío?
Depende de dónde estés. Si pasas el día por el sur de la isla, absolutamente sí: está pegado a la playa de Vlychada y a las tabernas de pescado del puerto, y la visita dura entre 45 minutos y una hora.
Si estás en Oia sin coche, son 40 minutos de trayecto y un transbordo de autobús complicado. En ese caso, combínalo con un día de playa por esta zona en lugar de ir expresamente.
Un argumento a favor que no es menor: está bajo techo y hay zonas con sombra y ventilación. En una isla donde casi todo se hace a pleno sol, es un plan perfecto para las horas centrales de un día de agosto.
Idiomas, niños y accesibilidad
Los paneles están en griego e inglés, no hay textos en español. Las grabaciones tienen subtítulos en inglés.
Con niños funciona bastante bien a partir de 6 o 7 años: las máquinas grandes, las latas y el recorrido industrial les enganchan más que un museo arqueológico. Hay espacio para moverse sin la tensión de las vitrinas.
La nave es de una sola planta con suelo llano, así que es accesible con silla de ruedas y con carrito sin dificultad.
El resto del complejo
La Santorini Arts Factory acoge también exposiciones temporales de arte contemporáneo, conciertos y festivales de cine en verano, y tiene una sala grande con una acústica muy buena. Merece la pena mirar la programación antes de ir, porque a veces coincide con algo.
Si te interesa este Santorini industrial y agrícola, el complemento natural es el Museo del Vino Koutsoyannopoulos, camino de Kamari, excavado en una canava tradicional, y una visita a cualquiera de las bodegas del interior en un tour de catas.