Subir a la Chora de Serifos es de esas cosas que se hacen dos veces en el mismo viaje. La primera, el día que llegas, porque no puedes resistirte. La segunda, al final, cuando ya has entendido lo que estás mirando.
El pueblo se agarra a una roca cónica de granito de unos 200 metros que se levanta justo detrás del puerto de Livadi. Desde abajo parece imposible que ahí quepan casas, y sin embargo hay cientos, encaladas, apiladas unas sobre otras en espiral, con las puertas azules y las buganvillas desbordándose por los muros. Es, sin discusión, una de las tres o cuatro Choras más fotogénicas de las Cícladas.
Kato Chora: la parte de abajo
La Chora se divide en dos mitades que funcionan de forma muy distinta. Kato Chora, la parte baja, es donde llega la carretera y donde están el aparcamiento, la terminal de autobuses y la mayoría de alquileres vacacionales. Es la zona residencial, más tranquila, con la plaza baja, el pequeño teatro al aire libre y el museo folclórico.
Desde aquí sale también un camino empedrado precioso que baja hacia el Plystario, el antiguo lavadero comunal donde las mujeres del pueblo lavaban la ropa. Es un edificio humilde y hermoso que casi nadie visita, y que en veinte minutos de paseo cuenta más sobre la vida de la isla que cualquier panel informativo.
Junto al aparcamiento superior, al lado de los molinos, hay una colección arqueológica diminuta con fragmentos de escultura helenística y romana excavados en el kastro. La entrada cuesta un par de euros y se ve en quince minutos. No vengas por ella, pero si pasas al lado, entra.
Ano Chora: donde está la magia
Nada prepara para lo que hay arriba. Desde Kato Chora, escaleras y callejones estrechos trepan hacia Ano Chora, la parte alta, y el pueblo se convierte en un laberinto. Aquí no entran coches: es peatonal por obligación geométrica, no por decisión municipal.
El corazón de todo es Pano Piatsa, la plaza alta, presidida por un ayuntamiento neoclásico que resulta absurdamente elegante para un pueblo de este tamaño. Al atardecer la plaza se llena y el café Stou Stratou, el local más conocido de la isla, saca las mesas y sirve rakomelo hasta que se va la luz.
Desde la plaza, más callejones suben hacia iglesias pequeñas como Agios Ioannis Theologos, excavada parcialmente en la roca y construida sobre lo que fue un templo dedicado a Atenea. Un detalle que dice mucho: aquí se lleva rezando en el mismo punto exacto desde hace 2.500 años.
El castillo veneciano
Arriba del todo están las ruinas del Kastro, el castillo veneciano levantado en 1434. Queda poco en pie, pero lo que hay basta: muros, cisternas, un par de capillas encajadas entre las piedras y una vista que en día claro alcanza Sifnos, Milos, Kimolos y, si el aire está limpio de verdad, hasta Tinos y Mykonos.
Aviso práctico importante: la subida es en escaleras, continua y sin sombra. En julio y agosto, hacerla entre las 12 y las 17 horas es una mala idea. Ve al amanecer o, mejor todavía, sube sobre las siete de la tarde. La luz de última hora sobre las casas blancas es lo que has venido a ver.
Detalles que hacen el día
En la Chora hay un taller de alfarería, el Kerameio, donde se trabaja la cerámica tradicional de la isla y se organizan talleres para niños y grupos en verano. Es un plan alternativo excelente para un día de meltemi fuerte, cuando las playas del norte son impracticables.
Para la noche, además de Stou Stratou, están To Gaidaros para cócteles y el bar Vatrachos, donde suena rebetiko de verdad, no la versión para turistas. El nombre significa la rana, en honor al animal que la isla acuñó en sus monedas hace 2.600 años.
Y una recomendación que casi nadie sigue: sube a pie desde la playa de Livadi por la ruta señalizada 1A. Son 2,5 kilómetros de camino de piedra, unos 50 minutos cuesta arriba, y cada curva regala una vista distinta de la bahía. Bajar en autobús después es perfectamente legítimo.
Si quieres seguir caminando, desde la Chora arranca también el sendero de Petria hacia el punto más alto de la zona, con vistas al pueblo entero desde arriba. Es fácil, está bien señalizado y apenas lo hace nadie.
La Chora de Serifos no cobra entrada, no tiene horario y no se puede reservar. Solo hay que subir. Toda la isla de Serifos gira en torno a este cono de piedra blanca.