Mandraki es una anomalía cariñosa: es la capital de la isla y su puerto principal, pero no tiene puerto en el sentido clásico. No hay bahía cerrada ni dársena pintoresca. Hay un muro de mar largo y recto, lamido por un agua sorprendentemente tranquila, con cafés y tabernas alineados detrás. El ferry atraca un poco más allá, en un muelle funcional, y desde ahí se llega al pueblo en diez minutos a pie.

La primera cosa que se nota, y que no pasa en ninguna otra isla griega, es el color del suelo. En Nisyros la piedra es negra, así que el blanco encalado de las paredes no descansa sobre mármol claro ni sobre arenisca dorada, sino sobre basalto oscuro. El contraste es raro y precioso. Y en las plazas hay mosaicos de guijarros, los votsaloto, hechos con cantos negros y blancos formando dibujos geométricos. Son suelos que nadie fotografía y que valen más que muchas fachadas famosas del Egeo.

Perderse es el plan

Mandraki es prácticamente peatonal, y su casco antiguo es un laberinto de callejas estrechas encajadas entre casas de dos plantas con balcones de madera. Hay pasadizos cubiertos, patios con macetas, escaleras que suben a ninguna parte y placitas del tamaño de un salón. El plan correcto es no llevar plan: entras por cualquier bocacalle desde el paseo marítimo y sales media hora después en otro punto sin saber muy bien cómo.

Hacia el este del pueblo, la parte más antigua se llama Lefkantio y es donde se concentran los bares por la noche. Al final del paseo, en dirección oeste, está el molino de viento restaurado que aparece en todas las fotos de la isla.

El monasterio y el castillo

El gran hito es el conjunto que corona el acantilado en el extremo occidental. Arriba están las ruinas del castillo de los Caballeros Hospitalarios, construido en 1325 cuando la orden de San Juan controlaba el Dodecaneso desde Rodas. Y encajada en la roca, casi metida dentro de una cueva, está el monasterio de Panagia Spiliani, del entorno de 1600.

Se sube por una escalinata larga desde el pueblo, unos diez minutos de cuesta que se hacen en cualquier momento del día menos a las tres de la tarde en agosto. Dentro, el iconostasio tallado guarda un icono de la Virgen con el Niño de estilo ruso, cubierto de plata y ofrendas. Es un sitio pequeño, en penumbra, con olor a cera, y es el corazón espiritual de la isla: la fiesta de la Panagia, el 15 de agosto, llena Mandraki de gente venida de todas partes.

Pain point práctico: hay código de vestimenta. Hombros cubiertos y pantalón o falda por debajo de la rodilla. Suelen tener pareos prestados en la entrada, pero no siempre. La entrada es gratuita y no se puede fotografiar el interior.

Comer y beber

Aquí Mandraki cumple de sobra. Las tabernas del paseo marítimo sirven pescado del día, y el precio es el de una isla pequeña sin turismo de masas: se come bien por 15 a 20 euros por persona. Prueba los pittia, unas tortitas fritas de garbanzo y calabacín típicas de la isla, y pide soumada, la bebida local de almendra que sirven fría.

En las callejas hay un kafenio, el Panagiotis Makris, que ha sido votado varias veces como uno de los cafés más tradicionales de Grecia. No tiene wifi, no lo ha tenido nunca y no lo va a tener. Sirve tsipouro con azafrán y mezedes. Es una parada obligatoria.

Cómo encajarlo en el día

Mandraki es la base natural para dormir en la isla, y también el lugar donde se alquilan coches y scooters. Desde el pueblo se camina en diez minutos a la playa de guijarros negros de Chochlaki, justo debajo del monasterio, y en veinte minutos cuesta arriba al Paleokastro, la acrópolis del siglo IV a.C. que casi nadie visita.

Lo mejor de Mandraki pasa a partir de las cinco de la tarde, cuando los cruceros de un día desde Kos ya se han marchado y el pueblo vuelve a su tamaño real. Si vienes en excursión organizada solo verás las tres horas más concurridas del día, que son las peores. Dormir aquí una noche cambia por completo la percepción del sitio, y es el argumento principal para no hacer de Nisyros un simple día desde Kos.