Potami es el sitio de Samos donde mejor se entiende por qué esta isla no se parece al resto de Grecia. Aparcas junto al mar, te bañas en una bahía de guijarro con agua transparente, y luego caminas diez minutos tierra adentro y estás en un bosque de ribera con un río que lleva agua en agosto y una cascada al final.

En una isla del Egeo. En pleno verano.

Está al oeste de Karlovasi, la segunda ciudad de la isla, a unos diez minutos en coche por la carretera de la costa norte.

La playa

Son en realidad dos bahías contiguas de guijarro claro que suman unos seiscientos metros, separadas por una lengua de rocas que se cruza andando. Guijarro medio, agua limpísima, entrada con pendiente moderada.

En la bahía este hay dos o tres tabernas que alquilan hamacas y sombrillas y sirven comida durante la temporada. La oeste está más desnuda y suele tener menos gente.

Sobre el extremo este, en lo alto, está la iglesia de Agios Nikolaos, con una vista panorámica de las dos bahías que merece los cinco minutos de subida.

Como toda la costa norte, mira al viento del meltemi. Los días de julio y agosto con norte fuerte, aquí hay oleaje. Los días en calma, el agua está espectacular.

La cascada y el bosque, que es lo que la hace distinta

Desde el aparcamiento sale un camino que remonta el arroyo tierra adentro. Es prácticamente llano, va a la sombra bajo los plátanos y los alisos, y sigue el cauce durante un kilómetro y pico.

El primer tramo es cómodo para cualquiera, incluidos niños. Se cruzan pasarelas de madera y algún vado con piedras.

El último trecho hasta la cascada grande es otra cosa: hay que meterse en el agua y vadear o nadar unos metros por un desfiladero estrecho entre paredes de roca. El agua está fría, de verdad fría, y el suelo resbala.

Si quieres llegar hasta la cascada: ve con bañador puesto, escarpines o zapatillas de agua, y algo estanco para el móvil. Deja las cosas de valor en el coche.

Si no: el paseo hasta donde empieza el vadeo ya merece muchísimo la pena por sí solo, es fresco y sombreado y es el único bosque de ribera transitable de la isla.

En el camino se pasa junto a los restos de una pequeña iglesia bizantina del siglo XI, la Metamorfosis del Salvador, una de las más antiguas de Samos.

El sendero a Seitani

Desde Potami arranca también el camino costero hacia Megalo Seitani, la playa más salvaje de Samos, a la que solo se llega andando o en barco. Son unos cuarenta y cinco minutos hasta Mikro Seitani y hora y media larga hasta Megalo.

Es la mejor caminata de la isla, y si estás en forma y madrugas, se puede encadenar en un día: cascada por la mañana, comida en la taberna de Potami, y Seitani por la tarde. Nosotros lo hicimos así y volvimos molidos y contentos.

Lo práctico

Aparcamiento: explanada de tierra junto a la playa, gratuita. Se llena en agosto pero hay más sitio que en las calas de Kokkari.

Sombra en la playa: poca. Los árboles del arroyo dan sombra a partir de donde empieza el camino, pero en la arena hay que recurrir a la sombrilla.

Escarpines: sí, para la playa y para el vadeo del río. Aquí son doblemente útiles.

Comer: las tabernas de la playa son sencillas y honradas, entre 12 y 18 euros por persona. Karlovasi, a diez minutos, tiene más opciones y precios de ciudad.

Con niños: la playa sí, con las precauciones habituales del guijarro. El paseo del bosque también, y les encanta. La cascada final, solo si son mayores y saben nadar bien.

Fuera de temporada: en invierno el río baja con fuerza y el camino puede estar impracticable en algunos tramos. La playa sigue siendo bonita para pasear.

¿Merece cruzar la isla?

Desde Kokkari son unos cuarenta minutos y desde Pitagoreion casi una hora. Y sí, merece la pena, porque no hay nada parecido en el resto de Samos ni en muchas islas griegas.

Reserva el día entero. Este no es un sitio para pasar dos horas: es playa, bosque, cascada y, si te animas, la caminata a Seitani. El itinerario completo de la isla está en la guía de Samos, y para el día siguiente, más suave, Manolates queda de camino de vuelta.