La primera vez que subes a la Chora de Schoinoussa vas cargado con la maleta y maldiciendo la cuesta. Son apenas ochocientos metros desde el muelle de Mersini, pero son ochocientos metros en subida, por un camino de tierra y hormigón, normalmente con el sol de media tarde justo encima porque el ferry llega a esa hora. Y cuando coronas y entras en la calle principal, se te pasa el enfado de golpe.
El pueblo está tendido sobre la cresta de la isla, en su punto más alto, y tiene una particularidad que no encontrarás en muchos sitios: desde la calle central se ve el mar por los dos lados a la vez. Basta girar la cabeza. A poniente, la silueta de Iraklia y, detrás, la mole de Naxos. A levante, el Egeo abierto y el perfil áspero de Keros. La brisa entra siempre por alguno de los dos flancos, que es precisamente por lo que los isleños levantaron el pueblo aquí arriba y no abajo, junto al agua, donde los piratas llegaban primero.
Cinco minutos de calle
La Chora se recorre entera en cinco minutos andando despacio. Una única arteria encalada, con las casas cúbicas a ambos lados, buganvillas cayendo sobre los muros y algún gato tumbado en mitad del camino con la seguridad de quien sabe que nadie va a pasar con prisa. Al pueblo también se le llama Panagia, por la iglesia que lo preside, y verás los dos nombres indistintamente en mapas y horarios de ferry.
En esa calle está todo lo que la isla tiene: las dos o tres tabernas que abren en temporada, el ultramarinos, la panadería que despacha el pan caliente a media mañana, la agencia de Paralos Travel (que vende billetes de ferry, hace de correos y de quiosco, todo en el mismo mostrador) y el único cajero automático de Schoinoussa. Ese cajero merece un aviso: se queda sin efectivo con cierta frecuencia en agosto y muchos negocios pequeños siguen prefiriendo billetes. Llega con dinero encima.
La iglesia y su fiesta
Panagia Akathi es la iglesia del pueblo y el centro sentimental de la isla. Es pequeña, blanquísima, con la cúpula azul de manual cicládico, y no impresiona por su arquitectura sino por lo que significa para los isleños. Su fiesta cae el sábado del Himno Acatisto, la penúltima semana antes de Pascua, y es la celebración grande del año junto con el 15 de agosto. Si coincides con ella verás una Schoinoussa distinta: vecinos que solo vuelven para esa fecha, misa larga, mesas en la calle y música hasta tarde.
Repartidas por las laderas alrededor del pueblo hay otras capillas minúsculas, la mayoría cerradas y con la llave en casa de alguna familia. Agios Fanourios, camino de Tsigouri, es la que más gente se encuentra por casualidad.
Comer y trasnochar, dentro de lo que cabe
La gastronomía de la Chora es cortita pero seria. El plato local es la fava, los guisantes amarillos partidos que se cultivan aquí y que tienen fama merecida en todo el Egeo: cremosa, con cebolla cruda picada, un chorro largo de aceite y unas alcaparras. La piden hasta los griegos que vienen de islas con fava propia. A eso añádele pescado del día, queso local y verduras de huerto.
Sobre la vida nocturna hay que ser realistas: no existe tal cosa. Hay un local, Vrachos, que es el único que estira hasta tarde y que algunas noches de verano pone música en directo. Eso es la escena nocturna al completo. Si eso te parece poco, esta isla no es para ti, y no pasa nada. Si te parece exactamente lo justo, has encontrado tu sitio.
Consejos prácticos
Desde la Chora sale todo. Tsigouri queda a diez minutos andando cuesta abajo, Livadi a unos quince, Psili Ammos a veinticinco por el camino del norte pasando por Mesaria. No hay autobuses ni taxis, así que el pueblo funciona como campamento base natural de la isla, y es la razón principal por la que conviene alojarse aquí y no abajo en el puerto.
Lleva calzado que agarre. Los caminos que salen del pueblo hacia las playas son de tierra y piedra suelta, y bajar a la cala en chanclas es una forma bastante eficaz de torcerse un tobillo el primer día. Y lleva agua: en los caminos no hay fuentes ni sombra.
Un último apunte de horarios. Entre las tres y las seis de la tarde el pueblo se para en seco: tabernas cerradas, ultramarinos cerrado, calle vacía. Es la siesta del Egeo y aquí se respeta a rajatabla. Organiza las compras por la mañana o al caer la tarde, o te quedarás mirando persianas bajadas con hambre.