Mersini es la puerta de entrada a Schoinoussa y, al mismo tiempo, el sitio más tranquilo de una isla que ya de por sí va sobrada de tranquilidad. Cuando el Express Skopelitis dobla la punta y enfila la bahía, lo que ves desde cubierta es una ensenada pequeña, media docena de casas blancas pegadas a la roca, un muelle de hormigón corto y una decena de barcas de pesca pintadas balanceándose sobre un agua tan clara que se ve el fondo desde el barco.

Ese es el puerto entero. No hay terminal, ni taquillas, ni cintas de equipaje. Hay un muelle, la rampa por donde baja el pasaje y, en temporada, algún propietario de estudios esperando con una furgoneta a los clientes que avisaron. El resto de la gente coge la maleta y sube andando a la Chora, ochocientos metros de cuesta que el primer día se hacen largos y a partir del segundo ya te sabes de memoria.

La bahía y su agua

Lo primero que llama la atención de Mersini es el color del agua dentro de la bahía. Está protegida del meltemi por la forma de la ensenada, el fondo es de arena y roca clara, y el resultado es un turquesa muy limpio incluso con viento fuera. Los niños del pueblo se tiran desde el muelle todo el verano y es perfectamente habitual ver a alguien nadando a tres metros de donde va a atracar el ferry.

Pegada al puerto, a mano izquierda según llegas, está Pisso Ammos: una playa de arena con tamariscos que da sombra y que funciona como la piscina del puerto. Es la elección natural para el día de llegada, cuando ya no te apetece caminar a ninguna parte, y también para la última mañana antes de embarcar. En agosto la comparten los bañistas y las tripulaciones de los veleros que fondean frente a la bocana.

Lo que hay y lo que no

Para gestionar expectativas: en Mersini no hay supermercado, ni cajero, ni farmacia. Hay un par de sitios donde comer frente al agua y poco más. Todo lo demás (el ultramarinos, el cajero, la panadería, la agencia de ferries) está arriba en la Chora. Si te alojas en el puerto tendrás que subir a diario, y esa es la contrapartida de dormir con las barcas bajo la ventana.

Lo que sí ofrece Mersini es la mejor cena de pescado de la isla, y por una razón simple: el pescado llega literalmente a veinte metros del plato. Las barcas salen de madrugada y descargan a media mañana. Pregunta qué han traído ese día en lugar de mirar la carta, que es como funciona de verdad la cosa aquí.

El ritmo del ferry

Mersini tiene dos estados: dormido y ferry. Durante veintitrés horas al día no pasa absolutamente nada. Luego, quince minutos antes de que llegue el Skopelitis, el muelle se llena de gente, cajas de fruta, bombonas de butano, maletas, algún perro y el camión que recoge el pedido del ultramarinos. El barco atraca, se produce un trasiego frenético de diez minutos, suelta amarras y el puerto vuelve al silencio absoluto.

Merece la pena bajar a verlo aunque no vayas a coger el barco. Es el acontecimiento diario de la isla y ahí es donde te enteras de todo: quién llega, quién se va, si hay mar gruesa mañana y si el ferry del jueves va a cancelarse.

Consejos prácticos

Si llegas con movilidad reducida o con equipaje pesado, avisa a tu alojamiento con antelación: varios propietarios bajan al muelle con furgoneta a recoger a los huéspedes, pero hay que pedirlo. Subir andando con maletas grandes por el camino de tierra es incómodo de verdad.

En temporada alta, y especialmente si viajas con niños, calcula el horario del ferry para no llegar a la isla pasadas las cuatro de la tarde si tu alojamiento está lejos del puerto. Sin transporte público, con calor y con la siesta del pueblo en marcha, esa primera hora puede ser la peor del viaje.

Y si viajas en velero, ten en cuenta que el muelle está reservado al ferry de línea. Se fondea fuera de la bocana, en fondo de arena, y se baja a tierra en auxiliar. La bahía protege bien del norte pero queda expuesta a los vientos del oeste. Desde aquí salen también las excursiones de la barca local hacia las calas que no tienen camino, y a Iraklia y Koufonisia cuando el tiempo acompaña.