Subimos al Kastro una tarde de septiembre, cuando el sol empezaba a caer y el calor ya aflojaba. Desde la plaza de la Chora son solo diez minutos, pero diez minutos de cuesta seria, por escalones y callejuelas cada vez más estrechas. Al final, un arco de piedra con un león de mármol incrustado en la pared nos dio la bienvenida. Y detrás, el vacío: la roca cae casi en vertical hasta el mar, y desde allí arriba se ve toda la costa este de la isla.
Una roca con tres mil años de historia
La roca de la Chora ha sido el lugar fuerte de Skiros desde la Antigüedad. Aquí estuvo la acrópolis de la ciudad antigua, y todavía se reconocen restos de muros ciclópeos en la base de las murallas. Según la leyenda, desde lo alto de este precipicio el rey Licomedes empujó a Teseo, el héroe que había vencido al Minotauro, cuando llegó a la isla buscando refugio.
Los bizantinos reforzaron las defensas y, más tarde, los venecianos dejaron su huella en las murallas que vemos hoy. Durante siglos, cuando los piratas eran una amenaza constante en el Egeo, la población se apiñaba en la ladera protegida bajo el castillo. Esa es la razón por la que la Chora tiene su forma de anfiteatro, abrazada a la roca.
El león de mármol de la entrada, que algunos llaman dragón, es probablemente una pieza antigua reutilizada. Es uno de esos detalles que hacen que la visita valga la pena aunque solo quede en pie parte de la fortaleza.
El monasterio de San Jorge
Dentro del recinto se levanta el monasterio de Agios Georgios, dedicado al patrón de la isla. La tradición dice que fue fundado en el siglo X, en época del emperador bizantino Nicéforo Focas, y que su icono principal llegó a Skiros desde Constantinopla en tiempos de las disputas iconoclastas.
La iglesia conserva frescos y un iconostasio de madera tallada, y entre sus ofrendas se guarda, según cuentan en la isla, una medalla ligada a Spyros Louis, el primer campeón olímpico moderno del maratón en 1896. San Jorge sigue siendo el centro de la vida religiosa de Skiros, y su fiesta, a finales de abril, es una de las más importantes del calendario.
Qué esperar de la visita
Vamos a ser honestos: el Kastro no es una fortaleza espectacular como las de Rodas o Naxos. Partes del recinto sufrieron daños en el terremoto de 2001 y han estado cerradas por obras de consolidación durante años. El acceso al interior del castillo puede estar restringido cuando vayas, así que no te hagas grandes expectativas con la fortaleza en sí.
Lo que no falla son las vistas. Desde las murallas y desde el patio del monasterio se ve la playa de Molos entera, la llanura verde del norte, el mar abierto y, en días claros, la silueta de las otras Espóradas. Es el mejor mirador de la isla.
Consejos prácticos
- Horario: el monasterio suele abrir por la mañana y a última hora de la tarde. El horario no es fijo y depende del monje que lo cuida. Si está cerrado, las vistas desde fuera ya justifican la subida.
- Vestimenta: para entrar en el monasterio hay que llevar hombros y rodillas cubiertos. En la entrada suele haber pañuelos y faldas para prestar, pero mejor lleva algo tuyo.
- Cuándo subir: al atardecer la luz es preciosa y hace menos calor. En pleno mediodía de agosto la subida es dura y no hay sombra.
- Accesibilidad: no es apto para sillas de ruedas ni carritos. Hay escalones constantes y tramos resbaladizos.
- Precio: la entrada es gratuita. Se agradece un donativo en el monasterio.
Cómo combinarlo
La visita al Kastro se hace en una hora como mucho y encaja perfectamente con un paseo por la Chora de Skiros. Nuestra ruta favorita: subir al atardecer, bajar por el otro lado del pueblo hasta la plaza de Rupert Brooke, visitar el Museo Faltaits si está abierto y terminar cenando en alguna taberna de la calle Agoras.
Si te gustan los castillos colgados sobre el mar, en las Espóradas tienes otro imprescindible: el Kastro de Skiathos, la antigua capital abandonada en el norte de la isla vecina.