La primera imagen que tienes de la ciudad de Hidra es desde la cubierta del hidrofoil, cuando el barco rodea el cabo y aparece el anfiteatro completo: un puerto semicircular protegido por dos diques, mansiones de piedra escalonadas en la ladera, campanarios blancos asomando entre los tejados y, casi siempre, una hilera de yates pegados al muelle. La impresión es teatral porque la propia ciudad está construida como un teatro griego: el escenario es el agua, los palcos son las casas y las gradas son las cuestas escalonadas. No hay otra ciudad en el Egeo donde el ordenamiento urbano y la geografía se confundan tanto.
Apenas pisas el muelle de mármol blanco entiendes la primera regla: no hay vehículos. La calle principal del paseo marítimo es una mezcla de cafeterías, joyerías, tiendas de cerámica, galerías de arte y oficinas de líneas marítimas. Los burros y mulas con sus arneses de colores esperan junto a los amarres para llevar maletas a los hoteles de la parte alta. Algunos turistas se hacen el típico selfie y siguen su camino; los animales, completamente acostumbrados, ni se inmutan. A medida que avanzas hacia el oeste por el malecón, las cafeterías dan paso a tabernas y bares, y al final del muelle (junto a los antiguos cañones de bronce que defendían el puerto) se abren las plataformas de baño de Spilia, donde la gente se tira al agua directamente desde las rocas. Es uno de los rincones más fotografiados de la isla, especialmente al atardecer.
El verdadero placer de Hidra ciudad, sin embargo, no está en el paseo del puerto sino en lo que hay detrás. Si subes por cualquiera de las callejuelas perpendiculares al muelle, en cinco minutos estás en otro mundo: silencio absoluto, casas encaladas con detalles de piedra, parras que asoman sobre los muros, gatos durmiendo al sol, abuelas que sacan sillas a la calle para tejer. La iglesia principal, la Panagia (catedral de la Asunción de la Virgen), está justo detrás del muelle, dentro de un antiguo monasterio del siglo XVII. Su campanario blanco con remates de mármol es uno de los símbolos de la isla. Te recomendamos perderte sin mapa: las calles son tantas y tan irregulares que cualquier ruta te llevará a una plazoleta inesperada, una iglesita, una vista al puerto desde arriba.
Los puntos imprescindibles son tres: el paseo del puerto entero (de Spilia al este hasta los astilleros del oeste), el barrio de Kala Pigadia (uno de los más antiguos, con los pozos comunales del siglo XVIII todavía visibles) y la subida a los baluartes de cañones que protegían el puerto en la guerra de independencia. Desde lo alto del baluarte oeste, junto al café Hydroneta, hay una de las mejores vistas para el atardecer: el sol cae justo detrás del Peloponeso y el puerto se enciende con las luces de los yates y las tabernas. Si quieres profundizar en la historia, no te pierdas la Mansión Lazaros Koundouriotis y el Museo de los Archivos Históricos, las dos paradas culturales obligadas.
Una nota sobre las dudas habituales: ¿se puede llegar a la casa de Leonard Cohen? No, es propiedad privada y su familia mantiene reserva absoluta sobre la ubicación, aunque está documentado que vive en la zona alta. ¿Hay supermercado decente para comprar agua y picnic? Sí, hay dos pequeños supermercados en las callejuelas detrás de la Panagia, con precios más razonables que en las tiendas del muelle. ¿Cuánto cuesta una mula desde el puerto hasta un hotel de la parte alta? Entre 10 y 15 euros, dependiendo del trayecto; los muleros tienen tarifas pactadas y no regatean. ¿Pasa algo si llueve? La ciudad sigue funcionando, pero las pendientes resbalan mucho. Lleva calzado con suela de goma siempre, incluso en verano: el empedrado pulido de tantos años es traicionero.