Agios Georgios no es el típico pueblo cicládico de postal con sus cúpulas azules y sus callecitas estrechas: es algo más humilde y más interesante. Es la aldea-puerto donde vive casi toda la población de Iraklia (unas ciento cincuenta personas en invierno), construida en anfiteatro alrededor de una pequeña bahía donde atracan los ferries. La primera impresión, al desembarcar, es la de un lugar suspendido fuera del calendario: media docena de casas blancas escalonadas, tres tabernas, un kafeneion centenario que también es supermercado y oficina de correos, y un par de barcas pintadas a mano.
La estructura del pueblo es simple. La calle principal arranca del muelle y sube en suave pendiente bordeando la bahía. A los pocos metros, a la derecha, está Perigiali, el supermercado más grande de la isla (que tampoco es decir mucho): vende fruta, verdura, conservas, vino, repelente de mosquitos y todo lo que un viajero pueda necesitar. Más arriba, Melissa, el kafeneion que cumple media docena de funciones: cafés griegos por la mañana, ouzo por la tarde, venta de billetes de ferry, sellos para postales y panecillos calientes recién traídos del horno. Es el centro de gravedad social del pueblo.
Las tres tabernas se reparten por la calle y la pequeña plaza superior. Akathi es famosa por su pescado a la brasa y su guiso de cabra al limón. Maistrali sirve desayunos potentes bajo una bouganvilla espectacular. Pera Panta, a pie de la playa de Livadi, hace tartas caseras y bocadillos para llevar. Cualquiera de las tres es honesta y razonable de precio. Para una experiencia gastronómica más ambiciosa, está Araklia, el restaurante del chef Yiannis Gavalas en una vieja casa familiar reconvertida: cocina egea de autor con producto local y unos cuantos reconocimientos en guías nacionales. Se reserva el mismo día.
El paseo por el pueblo es corto y reposado. Hay un par de capillas pequeñas en las callecitas superiores, la iglesia de Taxiarches (punto de partida del sendero a Vorini Spilia), y un mirador improvisado sobre la bahía que se llena al atardecer con los pocos visitantes mirando cómo se va el sol detrás de Schoinoussa. Por la mañana, lo mejor es bajar al puerto a ver los pescadores recogiendo redes; por la tarde, sentarse en cualquier kafeneion con un café o un ouzo y dejar pasar el tiempo. Por la noche, las luces se reducen al mínimo y las estrellas son protagonistas (Iraklia es uno de los lugares más oscuros de las Cícladas).
Una particularidad simpática: Maro, una vecina del pueblo, tiene una pequeña tienda-taller en su propia casa (reconocible por una barca de madera en el patio) donde estampa la frase "People of Iraklia" con un diseño hecho por ella en cualquier camiseta que le lleves. Se publicita en Instagram (@peopleofiraklia) y es una de esas iniciativas locales que la isla ha desarrollado por iniciativa propia para tener una pequeña economía paralela al turismo. Llevarse una camiseta estampada por Maro es un buen recuerdo del viaje.
Para alguien que llegue de Mykonos, Agios Georgios puede parecer increíblemente pequeño y poco animado: no hay clubs, no hay bares de copas, no hay terrazas con DJ. La vida social termina hacia las once de la noche con la última copa en el muelle. En cambio, para alguien que llegue cansado de la masificación, este pueblo funciona como una decompresión total: nadie te corre prisa, las cuentas se hacen a ojo, los gatos se acercan a las mesas a comer pan y nadie protesta. Pasados dos o tres días aquí, uno empieza a ver claramente por qué la isla se llama "la tranquila" entre las griegas.
Lo lógico es usar Agios Georgios como base para todas las excursiones del viaje: cueva de Agios Ioannis por la mañana, baño en Tourkopigado por la tarde, vuelta al pueblo para cenar en una taberna distinta cada noche. Y dedicar un día completo a no salir del pueblo: solo desayuno, baño en Livadi, siesta y atardecer en el muelle. No es perder tiempo: es entender Iraklia.