Klima es uno de esos pueblos que aparecen en el primer resultado cuando buscas "Milos" en Instagram, y por una vez la fama está justificada. Se trata de una pequeña aldea pesquera con apenas 30-40 casas alineadas al pie de un acantilado, todas ellas construidas literalmente sobre la orilla del agua. Lo que ves son las famosas sirmas de Milos: garajes de barcos de dos plantas, con la planta baja abierta al mar (donde el pescador guardaba la barca en invierno protegiéndola del mal tiempo) y la planta alta como vivienda familiar. Cada puerta está pintada de un color distinto (rojo tomate, azul cobalto, amarillo mostaza, verde botella) y las fachadas mantienen el enfoscado blanco típico.
Punto de dolor: llegar en coche. Klima está al final de una carretera estrecha que baja en zig-zag desde Trypiti. En julio y agosto se produce embudo en los cruces con vehículos que suben y bajan a la vez, y aparcar en el pueblo es imposible. Aparca arriba en Trypiti (hay una campa gratuita al lado del cementerio) y baja andando los 800 metros. Es cuesta y en verano se pasa mal en la subida a mediodía; el mejor plan es bajar a la puesta de sol.
Muchas de las sirmas se han reconvertido en apartamentos turísticos, alquilables a través de plataformas como Airbnb o de agencias locales como Mimallis Houses (200-450 €/noche en temporada alta). Dormir en una sirma es una experiencia especial (te despiertas literalmente con el mar bajo tu cama), pero conviene saber que la mayoría no tienen aire acondicionado (edificios protegidos, no permiten instalar unidades exteriores) y que en agosto el calor es serio. Reservar 6 meses antes es lo mínimo.
Para comer, en Klima hay una sola opción y es una joya: Astakas, un restaurante familiar abierto en 2015 justo al lado del muelle, con mesas al ras del agua y especialidad en marisco. La pasta con langosta y el risotto de calamar son la referencia. Precios altos (menú completo con vino 60-80 € por persona) pero justificados: el pescado es del día y las vistas son irrepetibles. Reservar es obligatorio en verano, con al menos 3-4 días de antelación. Fuera de temporada solo abre en fines de semana.
Aparte del propio pueblo y del restaurante, en Klima no hay más que hacer, y eso es parte del encanto. La actividad consiste en pasear por el frente marítimo, tomar fotos (muchas), bañarte en las aguas transparentes del muelle (hay una escalerita metálica para entrar) y quedarte a ver el atardecer. La luz cae oblicua sobre las sirmas de colores y en 20 minutos entiendes por qué este pueblo aparece en tantas guías.
Klima está a solo 4 km de Plaka por carretera, y funciona bien como excursión de tarde combinada con las Catacumbas de Milos y el teatro romano de Trypiti (ambos a mitad de camino, en la subida). Un plan clásico: bajar a Klima a las 18:30, cenar en Astakas o volver a Plaka para cenar más asequible, y ver la puesta de sol desde el muelle.
Un detalle poco conocido: en los meses de septiembre y octubre, cuando el turismo baja, los pescadores de Klima sacan sus barcas y las meten en las sirmas de la planta baja con un sistema de raíles y cabestrantes que lleva funcionando desde el siglo XIX. Si tienes suerte de estar por allí en ese momento (final de septiembre normalmente), asistes a una escena que apenas ha cambiado en 150 años.