Plaka es la capital de Milos y también el pueblo más bonito de la isla, aunque su población oficial apenas roza los 900 habitantes. Se sienta sobre una colina rocosa a 220 metros de altura, en el extremo norte de la caldera, con vistas de 360 grados a la bahía de Adamas por un lado y al Egeo abierto por el otro. Su ubicación no fue elegida al azar: los habitantes de Milos se retiraron a esta colina en el siglo XVI huyendo de los ataques piratas, y desde entonces la geografía dictó la traza del pueblo.

Punto de dolor: aparcar. Plaka no permite entrada de vehículos al casco antiguo. Hay dos aparcamientos gratuitos en las afueras (uno al este junto a la carretera de Trypiti, otro al oeste hacia Plathiena) desde donde se entra caminando. En julio y agosto, si llegas después de las 19:00 para la puesta de sol, es prácticamente imposible encontrar hueco cerca. Consejo: sube antes de las 18:00, cena en el pueblo, baja después.

El corazón de Plaka es un laberinto de callejones peatonales de losas de piedra pintados con líneas blancas (la típica asvestochristia cicládica), casas encaladas con puertas de madera turquesa o azul índigo, buganvillas cayendo desde tejados, y macetas de albahaca en cada ventana. No hay tráfico, no hay ruido, y los gatos son parte del mobiliario. Muchas casas siguen habitadas por familias milianas, no todo es alquiler turístico.

Subiendo por la calle principal se llega al Kastro, las ruinas del castillo veneciano construido en el siglo XIII sobre los cimientos de una antigua acrópolis. Hoy queda poco de la fortificación en sí, pero encima de la colina se conservan dos pequeñas iglesias del siglo XVII (Panagia Thalassitra y Panagia Schiniotissa) y, sobre todo, el mirador más famoso de las Cícladas. Al atardecer se reúne una pequeña multitud (nunca abrumadora, unas 30-50 personas en pico) para ver cómo el sol se hunde detrás del mar y va tiñendo Sifnos, Kimolos y Poliegos de rojo. La subida son unos 15 minutos con desnivel moderado desde la plaza principal.

Plaka también concentra los dos museos importantes de la isla: el Museo Arqueológico de Milos (con la copia en yeso de la Venus y hallazgos de Filakopi) y el Museo Folclórico. Ambos merecen una hora, sobre todo en las horas centrales de calor.

Para comer, tres apuestas fiables: Archontoula en la plaza principal (moussaka de referencia, cordero al horno los domingos), O Hamos (una taberna familiar a las afueras camino de Trypiti, cocina milesia con verduras del propio huerto, hay que reservar), y Utopia Café para desayunar con vistas a la caldera. En verano casi todos los restaurantes tienen terrazas con vista, pero Utopia y el bar del castillo son especialmente memorables al atardecer.

Un par de tiendas de artesanía local venden joyería de plata inspirada en la minería y aceite de oliva de productores familiares, útiles como recuerdo real (no basura de aeropuerto). También hay una pequeña iglesia bizantina, la Panagia Korfiatissa, con vistas laterales espectaculares al oeste; poca gente sabe que se puede entrar al patio.

Como base para dormir, Plaka funciona bien si te gusta desconectar por la noche y no te importa alquilar coche para bajar a las playas. Hoteles pequeños y guest houses en el rango 90-180 €/noche. La desventaja es que el pueblo se queda en silencio pasadas las 23:00 y no hay vida nocturna. Si buscas cena tardía y copas al lado, Adamas o Pollonia son mejores opciones. Si buscas quietud absoluta y vistas de postal, Plaka.