Una herradura de agua quieta
Llegamos a Lakka a media tarde, después de doce kilómetros de carretera estrecha desde Gaios entre muros de piedra seca, y lo primero que se ve al bajar la última curva es la bahía. Una herradura casi cerrada, con dos brazos de tierra que se acercan hasta dejar apenas una boca estrecha al mar abierto. Dentro, treinta o cuarenta veleros fondeados sobre un fondo de arena clara, cada uno con su reflejo entero en el agua porque no se mueve ni una onda.
Esa es la razón de ser de Lakka. Cuando sopla el meltemi del noroeste y el resto del Jónico se pone imposible, aquí dentro se puede desayunar en cubierta sin que se derrame el café. Por eso el pueblo lleva siglos siendo el refugio de los navegantes y por eso su población flotante cambia entera cada mañana.
Qué es y qué no es Lakka
Conviene ajustar expectativas antes de reservar aquí, porque es la duda que aparece en todos los foros: ¿hay algo que hacer en Lakka? Poco, y esa es exactamente la propuesta. Un muelle con seis o siete tabernas, tres calles interiores con casas encaladas y contraventanas azules, dos supermercados pequeños, una panadería que huele desde la esquina y un par de tiendas donde se vende aceite de la isla y jabón artesano.
No hay discoteca, ni club de playa, ni tienda de una cadena internacional. La vida nocturna es una copa en la terraza mirando las luces de los mástiles. Si viajas con adolescentes que buscan ambiente, Lakka los va a decepcionar. Si vienes en pareja o buscas leer y nadar durante cuatro días, es probablemente el mejor sitio de Paxi para dormir.
El agua
La bahía se puede nadar entera. El agua es transparente, tibia por el poco calado y sin corriente, así que es de los pocos sitios de la isla donde se puede meter a un niño pequeño sin vigilar el oleaje. La zona de baño de los locales está al oeste, siguiendo el paseo del muelle hasta que se acaba el asfalto: playitas de guijarros diminutos, algunas de tres metros de ancho, encajadas entre pinos.
Caminando otros veinte minutos hacia el oeste se llega a la playa de Harami, una cala de guijarros blancos con el agua más clara del norte de la isla y prácticamente nadie fuera de agosto. Es el paseo de la tarde que hacen los que se quedan en Lakka.
Al otro lado de la bahía, el brazo este termina en un pequeño faro y una zona de rocas planas ideal para saltar al agua. La gente de barco lo usa como trampolín improvisado.
Los olivares y la iglesia de Ypapanti
Detrás del pueblo empieza el interior de Paxi, que es donde vive la isla de verdad. Olivares enormes con árboles retorcidos que llevan en pie desde la ocupación veneciana, terrazas de piedra seca, y senderos marcados que se pueden andar sin guía.
El que más merece la pena sale de Lakka en dirección suroeste y en unos veinte minutos llega a la iglesia de Ypapanti, una construcción antigua, casi siempre vacía, con un campanario alto al que se sube por una escalera interior empinada y algo oscura. Desde arriba se ve el norte entero de la isla, la bahía de Lakka por un lado y el corte de los acantilados occidentales por el otro. Es la mejor vista aérea de Paxi sin pagar un dron.
Justo debajo, en el acantilado, se abre la cueva marina de Ypapanti, una de las paradas fijas de los barcos que hacen la costa oeste. Desde tierra solo se intuye; para verla por dentro hay que apuntarse a una de las excursiones en barco por las cuevas azules.
Comer y dormir
Las tabernas del muelle trabajan con pescado del día y precios de puerto de veleros, es decir, no baratos. La cena de pescado se va a 35 euros por persona sin esfuerzo. Los sitios de la calle interior, a dos manzanas del agua, cobran un tercio menos por comida igual de buena.
En cuanto a alojamiento, Lakka tiene estudios y apartamentos pequeños, muchos sobre las propias tabernas, y algunas villas entre olivares en la ladera. A 800 metros al sur del pueblo está el Torri e Merli, una casa señorial paxiota de 1750 con torres que se construyeron literalmente para repeler piratas, convertida hoy en el hotel más caro y más bonito de las Jónicas.
Cómo llegar y consejos prácticos
El autobús desde Gaios pasa hasta cuatro veces al día y cuesta unos 2,50 euros. El taxi ronda los 12 euros. En moto son quince minutos por una carretera estrecha pero en buen estado.
Aparcar en Lakka en agosto es difícil, hay un descampado a la entrada del pueblo y poco más. Si vienes en coche grande, resígnate a dejarlo antes y bajar andando.
Un detalle que agradecerás: los ferries rápidos desde Corfú atracan en Gaios, no en Lakka, así que el día de llegada tendrás que sumar el traslado. Y el último autobús del día sale pronto, sobre las siete de la tarde, así que si cenas en Loggos tendrás que volver en taxi.