Homero menciona a Psara con el nombre de Psyra. Durante siglos eso se tomó como una licencia poética, hasta que en la costa oeste de la isla, en una zona llamada Archontiki, aparecieron las tumbas.
El yacimiento está a unos tres kilómetros al norte del pueblo, junto al golfo del mismo nombre, prácticamente al nivel del mar. Ahí se excavó un cementerio micénico con veintiséis tumbas de cista del período Heládico Reciente IIIA y IIIB, es decir de los siglos XIV y XIII antes de Cristo, más los restos de una pequeña tumba tholos que ya había sido saqueada en la antigüedad.
Parte de las tumbas apareció bajo el agua, lo que da idea de cuánto ha cambiado la línea de costa en tres mil cuatrocientos años.
Lo que se encontró
Los ajuares que salieron de Archontiki son la prueba de que esta isla llevaba milenios viviendo del mar y no del campo. Espadas de bronce, pendientes, collares, cerámica de estilo micénico. Nada de aperos agrícolas: objetos de gente que comerciaba.
Encaja perfectamente con lo que la isla ha sido siempre. Un peñasco árido sin recursos propios que sin embargo se hizo próspero porque estaba en la ruta que unía Anatolia con el Egeo y el mar Negro. Lo mismo que la haría rica en el siglo XVIII con la flota mercante, y que la convertiría en la tercera potencia naval griega antes de 1821.
Los hallazgos no se quedaron todos aquí. Una parte está en el pequeño museo arqueológico del pueblo y otra en el Museo Arqueológico de Quíos.
Qué se ve hoy sobre el terreno
Seamos claros: esto no es Micenas. Lo que hay es un parque arqueológico modesto, con las estructuras de las tumbas visibles, algún panel y el entorno sin urbanizar.
Lo que lo hace especial no es la monumentalidad sino la escena completa. Estás junto al agua, en una costa desierta, mirando unas tumbas de la época en que se cocía el mundo de la Ilíada, y no hay ni una valla, ni una taquilla, ni un autobús de turistas. Probablemente estés solo.
Si te gusta la arqueología, es un sitio que se disfruta con calma y con algo de contexto leído antes. Si no te gusta, tampoco pasa nada: la cala que hay al lado es preciosa y hay pocos sitios mejores en la isla para bañarse sin nadie alrededor.
Cómo llegar
Está en la costa oeste, en dirección al norte desde el pueblo. Tres kilómetros escasos, lo que lo pone al alcance de casi todo el mundo:
Andando, unos 45 minutos por pista desde la Chora. Es perfectamente factible temprano por la mañana. Sin sombra, así que agua y gorra.
En bici eléctrica municipal, la mejor opción. Se cogen en la plaza frente al ayuntamiento por unos céntimos cada diez minutos y el terreno hasta aquí es asumible.
En ciclomotor, cinco minutos y ya está.
Pain points
Horario: no hay información fiable de horarios de apertura, y buena parte del año no hay personal. Puede que encuentres la zona simplemente accesible. No cuentes con visita guiada ni con centro de interpretación.
Cartelería: escasa y no siempre en inglés. Si te interesa de verdad, lee sobre el yacimiento antes de venir o pregunta en el museo del pueblo.
Sombra y servicios: cero. Ni bar, ni baños, ni fuente.
¿Merece el viaje si vengo solo tres días? Sí, pero combínalo. Está de camino hacia el norte de la isla, así que encaja perfectamente en la misma salida que el monasterio de la Dormición o una mañana de playas en Lakká, que queda muy cerca.
Por qué te va a gustar más de lo que esperas
Hay algo que pasa en Archontiki y que cuesta explicar hasta que lo vives. Estás mirando unas tumbas de hace treinta y cuatro siglos. A tu espalda está la colina donde en 1824 se voló un polvorín. Enfrente, el mismo mar que trajo a los micénicos, a los genoveses, a los piratas, a los otomanos y a la flota que arrasó la isla.
En una isla de cuarenta kilómetros cuadrados con cuatrocientos habitantes, todo eso está a un paseo en bici del sitio donde vas a cenar esta noche en la Chora. Esa densidad histórica en tan poco espacio no es fácil de encontrar en el Egeo, y desde luego no en soledad.