Hay sitios que se explican solos en cuanto los ves. La Mavri Rachi es uno de ellos.
Es la mole rocosa y oscura que se levanta justo encima del pueblo, dominando la entrada de la bahía. Cuando el ferry gira para entrar al puerto la tienes ahí, a la izquierda, y aunque no sepas nada de historia griega entiendes de inmediato que en esa roca pasó algo.
En junio de 1824, cuando la flota otomana desembarcó en la isla en represalia por el papel de los psariotas en la revolución, los últimos defensores se retiraron a esa colina, donde estaban las ruinas del viejo castillo y de un asentamiento helenístico. Cuando quedó claro que no había salida, prendieron fuego al polvorín. Volaron ellos y volaron los atacantes que habían llegado hasta arriba.
El poema que todo griego se sabe
Dionysios Solomos, el poeta nacional griego, escribió sobre esa escena cuatro versos que en Grecia se aprenden en el colegio. Hablan de la Gloria caminando sola por la espalda ennegrecida de Psara, contando a los héroes, con una corona hecha de la poca hierba que quedaba en aquella tierra desolada.
Suena grandilocuente traducido, pero cuando estás arriba, con el viento del norte dándote en la cara y sin un solo árbol alrededor, la imagen de la hierba escasa deja de ser una metáfora literaria y se convierte en una descripción del paisaje.
El pintor Nikólaos Gyzis también llevó la escena al lienzo. Entre los dos convirtieron a Psara en un símbolo que sobrevive doscientos años después.
Cómo se sube
Desde el pueblo sale un sendero que trepa la ladera. No hay que ser montañero: son unos 25 o 35 minutos de subida a paso normal, con algún tramo de piedra suelta pero sin nada técnico. El desnivel es moderado.
Lo que hay que gestionar es el sol y el viento. No hay sombra en todo el camino, ni una sola. Sube a primera hora de la mañana o a partir de las seis de la tarde, nunca entre las once y las cinco en julio y agosto. Lleva al menos un litro de agua por persona, gorra y calzado cerrado con suela decente. En chanclas se puede, pero acabas resbalando en el tramo de arriba.
En días de meltemi fuerte el viento arriba pega de verdad. No es peligroso si vas con cuidado, pero si vas con niños pequeños agárralos cerca del borde.
Qué se ve desde arriba
La bahía entera con el pueblo blanco desplegado abajo, el puerto, los barcos de pesca. Hacia el oeste, el mar abierto y la silueta de Antipsara recortada en el horizonte. Hacia el este, en días claros, la masa de Quíos.
Y en la propia colina, las ruinas: restos de muros del castillo y del asentamiento helenístico, un molino de viento en pie y varias capillas pequeñas. No está musealizado ni hay paneles explicativos. Es un sitio de piedras, viento y silencio, y ese es exactamente su valor.
Pain points
¿Merece la pena si no te interesa la historia? Sí, por las vistas. Es el mejor mirador de la isla y de largo el mejor sitio para ver la puesta de sol.
¿Cuánto tiempo necesitas? Hora y media en total entre subida, rato arriba y bajada. Si te quedas al atardecer, calcula la bajada con luz suficiente o lleva linterna (el móvil sirve).
¿Es accesible? No. Es un sendero de tierra y piedra con pendiente. No apto para sillas de ruedas ni carritos, y complicado con problemas de rodilla en la bajada.
¿Hay entrada o horario? Nada de eso. Es una colina abierta, gratis, a cualquier hora.
Un consejo sobre cuándo ir
El 4 de agosto por la noche se saca en procesión por el pueblo el icono del monasterio de la Dormición. Los días alrededor de esa fecha la isla está en su momento más intenso y también más lleno.
Pero si me tuviera que quedar con un momento en la Mavri Rachi, sería una tarde cualquiera de junio, sin nadie más arriba, con el ferry entrando en la bahía trescientos metros más abajo y el ruido del motor llegando con retraso. Desde ahí se entiende de golpe todo lo demás: por qué se quedaron, por qué volaron el polvorín y por qué doscientos años después sus bisnietos siguen volviendo cada verano desde Australia a una isla de cuatrocientos habitantes.
Bajando de vuelta, la mejor recompensa es un baño en Lazaréta, que queda a diez minutos del pueblo, o una cerveza en la plaza de la Chora viendo cómo se apaga la luz sobre el puerto.