Pitagoreion es de esos sitios donde te sientas en el puerto a tomar algo y se te va la tarde sin darte cuenta. Yates amarrados, agua turquesa lamiendo el muelle, tabernas con las mesas casi metidas en el mar, y detrás un pueblo pequeño de calles empinadas donde el turismo todavía no ha borrado lo que había.

Está en la costa sureste, a cuatro kilómetros del aeropuerto y a catorce de Vathy. Vive unas 1.300 personas todo el año, y en agosto se multiplican por diez.

El puerto que Heródoto puso por escrito

Lo que hoy es una dársena de recreo fue en el siglo VI antes de Cristo la base de la flota más poderosa del Egeo. El dique que protege el puerto es el mismo que mandó construir Polícrates hace veinticinco siglos: casi cuatrocientos metros de escollera sumergida sobre la que se apoya el muelle moderno.

Heródoto escribió que la ciudad de Samos tenía las tres obras de ingeniería más grandes del mundo griego, y las tres siguen aquí o al lado: este dique, el túnel de Eupalino que atraviesa la montaña de detrás, y el Heraion, a ocho kilómetros por la costa.

El pueblo se llamó Tigani (la sartén, por la forma de la bahía) hasta 1955, cuando le pusieron el nombre actual en honor a Pitágoras, que nació aquí hacia el 570 antes de Cristo. La estatua del matemático, con el brazo levantado formando un triángulo rectángulo con su propio cuerpo, está en el extremo del muelle y es la foto obligada del pueblo.

Qué ver caminando

El castillo de Likourgos Logothetis, en el extremo sur del pueblo, sobre una colina junto al mar. Lo levantó en 1824 el líder de la resistencia samia contra los otomanos, reaprovechando piedra antigua. La entrada es libre, abre de nueve a la caída del sol y las vistas de la bahía y de la costa turca desde la muralla son las mejores del pueblo.

La calle azul, un callejón estrecho de la parte alta con todas las puertas y contraventanas pintadas de azul turquesa y buganvillas cayendo de los balcones. Los locales cuentan que el color se usaba para ahuyentar el mal de ojo desde tiempos otomanos. Es el rincón más fotografiado del pueblo y suele estar tranquilo antes de las diez de la mañana.

El monasterio de Panagia Spiliani, a kilómetro y medio al noroeste, construido sobre una gruta natural en la ladera. Se baja por unas escaleras a una capilla excavada en la roca donde gotea el agua del techo. Es gratis, está fresco a cualquier hora del día y casi nadie sube.

Los restos del teatro antiguo, en el camino hacia el monasterio. Poca cosa, la verdad, pero se ve la grada excavada en la ladera.

El Museo Arqueológico de Pitagoreion, junto a la plaza, con las piezas encontradas en el pueblo y en el Heraion. Pequeño, bien montado y con carteles en tres idiomas.

Dónde comer y a qué hora

Las tabernas del muelle son bonitas y caras: entre 20 y 30 euros por persona con pescado. La comida es correcta, pagas por la vista.

Subiendo dos calles hacia el interior los precios se caen a la mitad y la cocina suele ser mejor. Nuestra norma en Pitagoreion es tomar algo en el puerto al atardecer y cenar arriba.

El pueblo cena tarde, como toda Grecia: a las nueve las tabernas empiezan a llenarse y a las once siguen sirviendo.

Los inconvenientes reales

El aparcamiento en agosto es un suplicio. El pueblo es pequeño, las calles son estrechas y todo el mundo llega en coche. Hay un aparcamiento grande a la entrada, junto al castillo, y es la única opción sensata. No intentes bajar al puerto en coche entre las siete y las once de la noche.

Es lo más turístico de la isla. Aquí es donde se concentra el paquete del norte de Europa por proximidad al aeropuerto. No llega al nivel de otras islas, pero si buscas autenticidad pura, Kokkari o los pueblos de montaña te van a gustar más.

Los precios de alojamiento son los más altos de Samos. Entre 70 y 130 euros la doble en agosto, frente a 45 o 60 en Vathy.

El ruido de los aviones. El aeropuerto está a cuatro kilómetros y la trayectoria de aproximación pasa por encima. Son pocos vuelos al día, pero si duermes con la ventana abierta te vas a enterar.

¿Merece la pena como base?

Sí, si tu viaje va de patrimonio. Tienes el Heraion, el túnel y el museo a menos de diez minutos, el aeropuerto al lado, y los ferries a Patmos y al Dodecaneso salen de aquí mismo.

No, si vienes por playas. Las buenas de esta isla están todas en la costa norte, a media hora larga de coche, y las de aquí cerca (Potokaki, hacia el aeropuerto) son de guijarro grueso y están bastante llenas.

Nosotros lo usamos como base dos noches al principio del viaje, con vuelo de llegada, y luego nos mudamos al norte. Ese esquema funciona muy bien y lo explicamos con más detalle en la guía de Samos.