De todo lo que hay en Samos, esto es lo que más nos impresionó. Y no es un templo ni un palacio: es un agujero.

El túnel de Eupalino atraviesa el monte Kastro, justo detrás de Pitagoreion, a lo largo de 1.036 metros. Lo excavaron entre el 530 y el 524 antes de Cristo para llevar agua desde un manantial del otro lado de la montaña hasta la ciudad, garantizando el suministro en caso de asedio.

Lo extraordinario no es la longitud. Es cómo lo hicieron.

Dos cuadrillas, dos bocas, cero error

Eupalino de Mégara, el ingeniero al que Heródoto atribuye la obra, decidió excavar desde los dos extremos a la vez para acabar antes. Para eso necesitaba calcular con una precisión brutal la línea recta que uniría ambas bocas a través de una montaña que no podía ver por dentro.

Lo hizo sin brújula, sin nivel láser y sin más matemáticas que la geometría griega. Las dos cuadrillas avanzaron durante años picando roca caliza con martillo y cincel, a ciegas, cada una desde su lado.

Se encontraron en el centro. El error vertical fue prácticamente nulo y el horizontal, de unos pocos metros, corregido con un quiebro deliberado en el trazado que todavía se ve al recorrerlo. Es uno de los primeros ejemplos documentados de topografía de precisión de la historia y sigue asombrando a los ingenieros de hoy.

En realidad son dos túneles superpuestos: el corredor por el que se camina, que es el que sirvió de galería de servicio, y un canal más estrecho excavado por debajo, donde iba la tubería de cerámica con el agua. Se ve desde la pasarela, a tu derecha, corriendo en paralelo.

Estuvo en uso más de mil años, hasta el siglo VII después de Cristo. Después, durante la Edad Media, los habitantes lo usaron como escondite cuando llegaban los piratas.

Cómo es la visita en la práctica

Aquí es donde hay que hablar claro, porque esta visita no es para todo el mundo.

Se entra en fila india por una escalera estrecha. El corredor tiene entre 1,80 y 2 metros de altura en la mayor parte del recorrido, con tramos donde hay que agachar la cabeza, y unos 80 centímetros de ancho. Dos personas no se cruzan cómodamente.

Hay dos recorridos según la temporada y el estado de las obras: el corto, de unos 190 metros hasta el punto de encuentro de las cuadrillas, y el largo, que atraviesa la montaña entera y sale por el otro lado. El precio ronda los 8 euros el corto y los 12 el completo. Confirma en taquilla cuál está operativo el día que vayas, porque cierran tramos por mantenimiento con cierta frecuencia.

La temperatura interior es constante, unos 18 grados, así que en agosto se agradece muchísimo. La humedad es alta y el suelo de la pasarela puede estar resbaladizo.

Claustrofobia: si la padeces, aunque sea levemente, no entres. Es estrecho, oscuro, con iluminación tenue y no se puede dar la vuelta con facilidad una vez dentro del grupo. Hemos visto a gente pasarlo mal de verdad.

Niños: a partir de siete u ocho años, si no les asusta la oscuridad, es una experiencia que recuerdan toda la vida. Con menos, no.

Movilidad reducida: no es accesible en absoluto. Hay escaleras, suelo irregular y espacios angostos. Tampoco es apto para embarazadas avanzadas.

Calzado: cerrado y con suela que agarre. Nada de chanclas.

Se tarda entre veinticinco y cuarenta minutos según el recorrido. Los grupos entran cada cierto tiempo y en agosto puede haber cola de media hora en la boca, así que ve pronto.

Horarios, que aquí importan

Abre de martes a domingo, de ocho y media de la mañana a tres y veinte de la tarde. Cierra los lunes. Es el error más común de los visitantes de Samos: plantarse allí un lunes después de conducir media isla.

Fuera de temporada los horarios se recortan y a veces cierra por completo. Llama al yacimiento o pregunta en el alojamiento antes de ir entre noviembre y marzo.

El aparcamiento está a pie de entrada y no se llena tanto como el del pueblo.

Cómo combinarlo

El túnel, el Heraion y el Museo Arqueológico de Pitagoreion forman el conjunto Unesco de la isla y hay billete combinado. Los tres caben en un día tranquilo, y el orden que mejor nos funcionó fue: Heraion a primera hora, con el sol todavía bajo, museo a media mañana y túnel antes de que cierre a las tres y veinte.

Después, comida tardía en Pitagoreion y baño en Potokaki para rematar.

¿Merece los 8 euros?

Sin dudarlo. Es una de las visitas más singulares de toda Grecia y no hay nada parecido en ninguna otra isla. Estás caminando por dentro de una obra de ingeniería de hace dos mil quinientos años que funcionó durante un milenio.

La única razón para saltárselo es la claustrofobia. Si ese es tu caso, quédate con el resto del patrimonio de la isla, que tampoco está mal servido, y consulta nuestra guía de Samos para armar el resto del itinerario.