Se llega a Chora sin verla. La carretera sube desde el puerto entre curvas y matorral, uno mira a los lados esperando el pueblo, y de repente aparece encajado en un anfiteatro natural de la montaña, con los tejados rojos amontonados en la ladera. Está así por una razón muy práctica: durante siglos, quien navegaba frente a Samotracia no podía distinguir la capital desde el mar. Los piratas pasaban de largo.

Es uno de esos pueblos que justifican por sí solos un viaje. Y es, además, el sitio donde mejor se come de la isla.

Piedra, no cal

Aquí no hay nada de la estética cicládica. Las casas son de piedra vista, con tejados de teja curva y balcones de madera, una arquitectura que mira a los Balcanes y a Anatolia mucho más que al Egeo del sur. Las calles son escalonadas, estrechas y empinadas, con arcos que cruzan de una fachada a otra y macetas por todas partes.

En la parte alta, sobre un espolón de roca, están los restos del castillo de los Gattilusi, la familia genovesa que gobernó la isla en el siglo XV antes de la llegada otomana. Queda poco en pie pero la subida vale por las vistas: se ve el pueblo entero volcado ladera abajo y el mar al fondo, y en el otro sentido la mole del monte Fengari.

Dónde parar

La plaza principal tiene una fuente de agua de manantial y, alrededor, la vida entera del pueblo. En la calle principal está el Kafeneio Panagiotis Makris, uno de los cafés más tradicionales de Grecia según más de una lista, donde se toma tsipouro con azafrán y mezedes. No tiene wifi y su dueño ha dejado claro que nunca lo tendrá.

Para comer, el Café-Ouzeri 1900 es la referencia clásica de la isla: cabrito con cebolla, hinojo y menta, carta impresa como si fuera un periódico y desayunos de yogur con miel. To Stenaki es la otra opción sólida del pueblo. Y para el postre hay que ir a O Lefkos Pyrgos, una pastelería de temporada con dulces inventados por sus dos maestros confiteros: limonada con miel y canela, yogur griego con almendra amarga, infusiones raras.

Al caer la tarde, el bar Meltemi, frente a la fuente, tiene una terraza en la azotea que es el mejor sitio del pueblo para ver ponerse el sol.

Lo que hay que saber antes

Los autobuses de verano suben desde Kamariotissa por 1,50 euros y paran en la plaza de abajo. Desde ahí se camina hacia arriba, y ahí está el aviso importante: Chora es todo cuesta y escalón. No es un pueblo cómodo con carrito de bebé, con maletas de ruedas ni con problemas de rodilla. Calzado plano y sin prisa.

No hay aparcamiento dentro del casco. Se deja el coche en la entrada del pueblo y se entra a pie, que además es la única forma de disfrutarlo.

Fuera de julio y agosto muchos locales cierran o abren solo por la noche. En temporada baja conviene subir a la hora de comer y preguntar antes en el puerto qué está abierto, o quedarse con la Chora como plan de cena y dormir abajo.

El detalle que nadie cuenta

Chora tiene un pequeño museo etnográfico con aperos, tejidos y fotografías antiguas de la isla. No es gran cosa en tamaño, pero explica bastante bien cómo se vivía aquí cuando la única conexión con el mundo era una barca a Alexandrópolis.

Y hay un festival de verano en el pueblo, con música y baile en la plaza, que suele caer en agosto. Si coincidís, quedaos: es un pueblo pequeño celebrando lo suyo, no un espectáculo montado para visitantes.

Nuestra sugerencia de itinerario: subir a media tarde, ver el castillo con la luz baja, cenar cabrito y bajar de noche. La carretera hasta Kamariotissa son diez minutos y en verano se hace fresca y agradable.