Hay que decirlo sin rodeos: esta no es una iglesita blanca cicládica más de las que uno fotografía por inercia. La Panagia Ekatontapyliani es uno de los tres o cuatro monumentos paleocristianos más importantes que quedan en pie en Grecia, y está en pleno centro de Parikia, a cinco minutos andando del muelle de los ferries.

Mucha gente pasa por delante camino de la playa sin entrar. Es un error.

El nombre y la leyenda

Ekatontapyliani significa "de las cien puertas". El recuento real se queda corto: se cuentan noventa y nueve. Cuentan los locales que la puerta número cien aparecerá el día en que Constantinopla vuelva a ser griega, lo cual explica bastante de cómo se vive aquí la historia.

Hay quien defiende que el nombre original era Katapoliani, "la de abajo del pueblo", y que la etimología de las cien puertas es una reinterpretación posterior. Las dos versiones se cuentan y las dos gustan.

Qué se ve dentro

El edificio que hoy se visita es del siglo VI, de época de Justiniano, levantado sobre una fundación anterior que la tradición atribuye a Santa Elena, madre del emperador Constantino, que según el relato hizo escala en Paros camino de Tierra Santa y prometió construir una iglesia si encontraba la Vera Cruz.

Los terremotos han obligado a reconstruir varias veces, y la nave central se restiló en el siglo X con planta de cruz griega. Aún así, la sensación al entrar es de estar en un espacio muy antiguo: piedra desnuda, luz escasa, arcos macizos y una sobriedad que no tiene nada que ver con el barroco dorado de las iglesias ortodoxas más tardías.

Las columnas del santuario son preclásicas, reutilizadas de templos anteriores. La pantalla de mármol y los capiteles son bizantinos originales. En el suelo hay una huella marcada en la piedra que se atribuye a Agía Theoktísti, la patrona de Parikia, y en un relicario se expone su mano cortada, sin más ceremonia que un cristal.

Del fondo sale una puerta a la capilla de Agios Nikolaos, que es en realidad un edificio helenístico del siglo IV antes de Cristo adaptado al culto cristiano. Conserva la doble fila de columnas dóricas, un trono de mármol y un iconostasio del siglo XVII. La mezcla de capas históricas en veinte metros cuadrados es casi vertiginosa.

Y en el patio, algo que casi nadie mira: el baptisterio, con una pila cruciforme del siglo IV para bautismo por inmersión. Es uno de los mejor conservados de todo el Mediterráneo oriental.

El Museo Bizantino

Dentro del recinto hay un pequeño Museo Bizantino con iconos, vestiduras litúrgicas y objetos de plata. Cuesta unos 2 euros y se ve en veinte minutos. No es imprescindible, pero si te interesa la iconografía tiene piezas buenas de los siglos XVI y XVII.

Datos prácticos

Entrada a la iglesia: gratuita. Museo Bizantino: unos 2 euros.

Horario habitual: de 8:00 a 21:00 en verano, con cierre de mediodía frecuente entre las 13:30 y las 16:00. En invierno se acorta bastante. Los domingos por la mañana hay liturgia y no es momento de visita turística.

Código de vestimenta: se aplica de verdad, no es decorativo. Hombros cubiertos y nada de pantalón corto por encima de la rodilla ni de bañador. En la entrada suele haber pañuelos disponibles, pero no cuentes con ello en temporada baja.

Señalización en inglés: escasa. Hay algún panel, pero el sitio pide contexto previo o una audioguía. Si vas a visitar también el Museo Arqueológico, que está justo detrás, hazlo después: se entiende mejor la secuencia.

Tiempo necesario: entre 30 y 45 minutos para la iglesia y el baptisterio, una hora si añades el museo.

Cuándo ir

A primera hora de la mañana, antes de que lleguen los grupos de los cruceros que fondean en Parikia. A media mañana en agosto puede haber cola y dentro se oye poco más que el rumor de las visitas guiadas.

La fiesta grande es el 15 de agosto, la Dormición de la Virgen, con procesión y muchísima gente. Es un espectáculo genuino, pero si buscas ver la iglesia con calma, ese no es el día.

Combinarlo con el resto

La visita natural es encadenarla con el kastro veneciano, que está subiendo por Market Street y donde se ven los tambores de columna del templo de Apolo empotrados en la muralla, y con el Museo Arqueológico de detrás.

Si luego subes a las canteras de Marathi, habrás recorrido el ciclo completo del mármol de la isla: de dónde salía, en qué se convertía y cómo se reutilizó durante dos mil años.