Parikia tiene el problema de todas las capitales portuarias griegas: te recibe con su peor cara. Bajas del ferry a una explanada de asfalto con agencias de viajes, cafeterías de plástico y un caos de motos, coches y maletas, y en los primeros diez minutos decides que la isla no es para tanto.

Nosotros cometimos ese error. Tardamos un día entero en darnos cuenta de que estábamos juzgando Parikia por su aparcamiento.

Dos calles hacia dentro

El truco es sencillo: gira a la derecha nada más salir del muelle, pasa el molino blanco de la rotonda y métete por el primer callejón que se abra hacia el interior. En cincuenta metros el ruido desaparece.

El casco viejo de Parikia es un laberinto de callejones encalados con las juntas de las losas pintadas de blanco, buganvillas cayendo desde los balcones y patios con parras que se cuelan por las puertas entreabiertas. Está tan cuidado como cualquier postal de Mykonos y tiene la mitad de gente.

La arteria principal es Market Street, la Agora, donde se concentran las tiendas, las joyerías y algunos de los mejores restaurantes de la isla. Es la única calle donde hay que hacer cola para pasar en agosto. Cualquier bocacalle a izquierda o derecha te devuelve al silencio.

La iglesia de las Cien Puertas

En el centro de Parikia, a cinco minutos del puerto, está la Panagia Ekatontapyliani, y es una de esas visitas que uno no espera que le impresione y le impresiona.

El nombre significa Nuestra Señora de las Cien Puertas, aunque el recuento real se queda bastante corto. Cuentan que hay noventa y nueve visibles y que la centésima aparecerá cuando Constantinopla vuelva a ser griega, lo cual dice bastante de cómo funciona la memoria histórica por aquí.

El edificio actual es del siglo VI, obra de Justiniano, aunque la tradición atribuye la fundación a Santa Elena, madre de Constantino, que según la leyenda hizo escala en Paros camino de Jerusalén. Los terremotos han obligado a reconstruirlo varias veces y la nave principal se reformó en el siglo X con planta de cruz griega.

Dentro hay cosas que no se ven en otras iglesias griegas: columnas del santuario que son preclásicas, una pantalla de mármol y capiteles bizantinos originales, y una huella marcada en la piedra que se atribuye a Agía Theoktísti, patrona de Parikia. También, sin más ceremonia, su mano cortada expuesta en un relicario.

Del fondo de la iglesia sale una puerta a la capilla de Agios Nikolaos, que es un edificio helenístico del siglo IV antes de Cristo adaptado al culto cristiano, con doble fila de columnas dóricas y un trono de mármol. Entrada libre. El pequeño Museo Bizantino del recinto cuesta 2 euros.

El kastro construido con un templo

Subiendo desde el final de Market Street se llega al kastro veneciano, levantado en 1260 por Marco Sanudo, duque de Naxos, sobre la antigua acrópolis.

Los venecianos no se molestaron en traer piedra: desmontaron los templos de Apolo y Deméter que había allí mismo y empotraron los tambores de columna y los sillares clásicos directamente en la muralla. El resultado es un muro donde se ven fustes acanalados de mármol colocados de canto, como si fueran ladrillos gigantes.

Nos quedamos un buen rato ahí, con el sol de la tarde de lado sobre el mármol, intentando digerirlo. Es probablemente la imagen más honesta de la historia de Paros: el mismo mármol reutilizado durante dos mil quinientos años.

El Museo Arqueológico y el resto

Detrás de la Ekatontapyliani está el Museo Arqueológico, con la Crónica de Paros, un fragmento de tablilla de mármol del siglo III antes de Cristo que enumera los hitos artísticos de Grecia hasta el 264 a.C. Otras dos losas del mismo documento están en el Ashmolean de Oxford. Merece los 2 euros que cuesta, sobre todo si vas a hacer también las canteras de Marathi.

Hacia el norte del paseo marítimo, más allá de las últimas terrazas, hay un cementerio antiguo vallado del siglo VIII antes de Cristo con sarcófagos y vasijas funerarias a la vista. Se pasa por delante sin darse cuenta.

Consejos prácticos

Si llegas en ferry y te alojas en Parikia, no cojas taxi: casi todo el pueblo está a menos de diez minutos andando del muelle. Si te alojas en Naoussa, el bus sale de la estación junto al puerto cada 20 o 30 minutos en verano y cuesta poco más de 2 euros.

La mejor hora para el casco viejo es a partir de las siete de la tarde, cuando baja el calor y las tiendas encienden las luces. A mediodía en agosto las calles blancas reflejan el sol de una forma que agota.

Para comer, aléjate del paseo del puerto. Las tabernas de las callejuelas interiores cobran un tercio menos por comida mejor. Y para nadar sin salir de la capital, la playa de Livadia queda a diez minutos andando hacia el norte, con tamariscos que dan sombra y bastante menos gente de la que cabría esperar.

Si vas a saltar a otras islas, aquí es donde compras o recoges los billetes. Consulta antes nuestra guía de cómo llegar a Paros para no pelearte con los horarios.