Apollonia es el sitio donde acabas durmiendo aunque no lo hubieras planeado. Es el nudo de la isla: todos los autobuses pasan por aquí, todas las carreteras se cruzan aquí, y todo el que baja del ferry en Kamares acaba subiendo los seis kilómetros hasta esta cresta.
Lo primero que sorprende es que no parece una capital. Son casas blancas de dos plantas repartidas por tres colinas, sin plaza monumental ni ayuntamiento imponente. La vida ocurre en una calle peatonal estrecha que los locales llaman simplemente el Steno, que en griego quiere decir "el estrecho".
El Steno al anochecer
De día Apollonia es tranquila y da una impresión casi anodina. Tiendas de cerámica, un par de panaderías, mucha luz y poca gente. La transformación ocurre a partir de las ocho de la tarde, cuando las mesas salen a la calle y el Steno se convierte en un pasillo continuo de cenas.
Nos sentamos una noche de junio en una mesa que prácticamente tocaba la de al lado. No había manera de no escuchar la conversación de los vecinos, ni ellos la nuestra. Eso, que en otro sitio sería incómodo, aquí es exactamente el punto: el Steno funciona como un salón compartido del pueblo entero.
Sobre la vida nocturna, seamos honestos porque es una expectativa que conviene calibrar. Apollonia tiene unos pocos bares que ponen música hasta las dos o las tres de la madrugada en agosto, y uno de ellos, con tradición de rebétiko y cubano, lleva décadas siendo un pequeño mito isleño. Pero esto no es Mykonos ni Íos. Si buscas fiesta seria, Sifnos te va a decepcionar.
Comer bien, que es a lo que se viene
Apollonia concentra la mejor oferta gastronómica de la isla y con bastante diferencia. Hay tres niveles bien diferenciados.
El primero es la taberna de toda la vida, donde comes revithada, mastelo, ensalada de alcaparras y queso manoura local por 25 a 30 euros con vino incluido. El segundo es la cocina de autor: en el Steno hay un par de restaurantes que reinterpretan el recetario sifnio con técnica moderna, y ahí la cuenta sube a 45 o 60 euros por persona. El tercero es la panadería, y en Sifnos eso no es un chiste: los amygdalota, pastelitos de almendra, se compran a media mañana y se acaban antes de mediodía.
Un aviso práctico que ahorra disgustos: en agosto hay que reservar. Los restaurantes buenos del Steno se llenan del todo entre las nueve y las once de la noche, y en una calle de dos metros de ancho no existe la cola.
El museo popular y la iglesia
En la placita central está el Museo de Arte Popular, pequeño, con trajes tradicionales, bordados, cerámica antigua y herramientas de labranza. Se ve en media hora y da contexto real a lo que luego compras en las tiendas de alfarería.
Justo encima, la iglesia de Panagia Ozia y las callejuelas que suben hacia Ano Petali son la parte más bonita del pueblo, y la que menos gente pisa. Diez minutos de subida y ya estás en otro pueblo, Artemonas, sin haberte dado cuenta de que cambiaste de término municipal.
Práctica: por qué dormir aquí
Apollonia tiene el cajero, la farmacia, el médico, el supermercado grande y la estación de autobuses. Desde aquí salen líneas frecuentes a Kamares, Kastro, Platys Gialos, Faros y Vathi, con billetes de 1,80 a 2,50 euros que se pagan al conductor.
Eso hace que dormir en Apollonia sea la opción más flexible de toda la isla, sobre todo si no alquilas coche. La contrapartida es el ruido: en agosto, las habitaciones que dan al Steno o a la carretera principal oyen la terraza hasta las dos de la madrugada. Pide habitación interior o en la parte alta del pueblo.
El aparcamiento es el otro punto flojo. La carretera principal atraviesa el pueblo y en agosto encontrar sitio es una odisea. Hay un aparcamiento grande y gratuito cuesta abajo desde el centro: úsalo y sube andando, te ahorras veinte minutos dando vueltas.
Apollonia no es el pueblo que sale en las fotos de Sifnos, ese honor se lo lleva Kastro. Pero es donde la isla vive, come y discute, y donde acabas volviendo cada noche.