El bosque de pinos, el alma verde de Agistri

Hay islas griegas de postal con casas blancas y cúpulas azules. Y luego está Agistri, que es sobre todo verde. Un verde intenso, casi agresivo, que cubre cada colina, cada ladera, cada rincón de la isla. El 87% de Agistri es bosque de pino carrasco. Y ese bosque es la verdadera razón para venir aquí.

Lo primero que notas al bajar del ferry es el olor. La resina de los pinos se mezcla con el salitre y crea un perfume que te acompaña durante toda la estancia. Es adictivo. Cierras los ojos e inspiras hondo, y el viaje ya ha merecido la pena.

El bosque no es un parque vallado. Es la isla entera. Puedes recorrerlo en bici por la carretera de circunvalación o a pie por los senderos que lo cruzan. No hay señalización turística. Pero es difícil perderse. La isla mide 13 kilómetros cuadrados y el mar está siempre a la vista.

Uno de los paseos más bonitos parte desde Metochi y se adentra en la espesura hacia la costa oeste. El suelo está alfombrado de agujas de pino. Las ramas filtran la luz creando manchas doradas que bailan con el viento. De vez en cuando, entre los troncos, aparece un rectángulo de azul: el mar.

A medio camino encontramos un claro con vistas a los acantilados. Nos sentamos sobre una roca cubierta de musgo. El silencio era casi absoluto. Solo el viento entre las copas y, muy abajo, el rumor de las olas contra la roca. En ese momento entendimos por qué los atenienses vienen aquí a desconectar.

El bosque alberga también una fauna pequeña pero curiosa. Vimos ardillas, lagartijas verdes y mariposas de colores. Si madrugas, puedes cruzarte con algún conejo asustadizo. Las aves son las grandes protagonistas: gorriones, jilgueros y, en primavera, abejarucos con su vuelo acrobático.

Lo mejor del bosque de Agistri es que no hay que compartirlo. En temporada baja puedes caminar horas sin encontrarte a nadie. Solo tú, los pinos y el mar. Para nosotros, ese es el lujo más grande.