Anávatos se ve antes de llegar y cuesta distinguir dónde acaba la roca y dónde empieza el pueblo. Las casas son de la misma piedra gris del acantilado, apiladas unas sobre otras en una ladera que termina de golpe en un precipicio de trescientos metros.

Lo llaman el Mistrá de Quíos, por el conjunto bizantino del Peloponeso, y es una comparación generosa en tamaño pero exacta en atmósfera: un pueblo entero abandonado, con las calles todavía reconocibles y las casas sin techo.

Lo que pasó aquí

En 1822, cuando la flota otomana desembarcó en Quíos para castigar la participación de la isla en la revuelta independentista, los habitantes del centro de la isla huyeron hacia el interior. Anávatos era el sitio más inaccesible: se llegaba por una única senda estrecha y estaba defendido por el barranco.

No sirvió. Cuando las tropas rompieron la defensa, los vecinos que quedaban, según se cuenta, se arrojaron por el acantilado antes que caer prisioneros o esclavos. La cifra que se repite es de cuatrocientas personas, aunque como en casi todo lo de 1822, las cifras exactas son discutidas.

El pueblo nunca se recuperó. Tuvo una segunda vida menguante hasta el siglo XX y hoy figuran empadronados menos de cinco habitantes.

Cómo es la visita

Se aparca abajo y se sube andando. El camino está señalizado y hay tres niveles: la parte baja con las casas más recientes, la media con el grueso del caserío en ruinas, y arriba la acrópolis con los restos de una iglesia y la vista completa.

La subida entera son unos quince o veinte minutos a paso tranquilo, con escalones irregulares de piedra. No es difícil, pero pisa mal quien no mira dónde pone el pie.

Arriba no hay barandillas en muchos tramos y el corte es vertical. Con niños pequeños hay que ir de la mano y sin distracciones. Es probablemente el sitio de Quíos donde más cuidado hay que tener.

Sobre la sombra y el calor

Cero sombra. Ni un árbol, ni un toldo, ni un café. La piedra acumula calor y a las dos de la tarde de agosto la subida es dura de verdad.

Ve a primera hora o al atardecer. El atardecer, además, es cuando la piedra gris se pone dorada y se entiende de golpe por qué este sitio se fotografía tanto.

Lleva agua. En el pueblo no hay nada, ni una fuente.

Qué se siente

Es un sitio incómodo, y lo decimos como elogio. No hay museo, ni panel explicativo emotivo, ni tienda. Hay casas vacías, higueras creciendo dentro de los salones y un silencio raro en el que se oye el viento del barranco.

Nos pasó lo mismo que a casi todo el que sube: se camina despacio, se habla bajo y no apetece hacer fotos posando.

Práctico

Está a unos veinte kilómetros de la Chora, en el interior montañoso, por carretera de montaña con curvas pero en buen estado. Desde Nea Moni hay siete kilómetros.

No hay autobús útil. Coche o taxi.

La visita son cuarenta y cinco minutos, una hora si te sientas arriba.

En el camino de vuelta queda Avgónima, a cuatro kilómetros: un pueblo de piedra dorada, este sí habitado y cuidado, con dos tabernas con terraza mirando al oeste. Es la parada natural para cenar después de Anávatos, y la combinación de los dos pueblos (uno muerto, otro vivo, a cuatro kilómetros de distancia) es una de las cosas más interesantes de la isla.

Cómo encajarlo

El circuito clásico del interior es Nea Moni por la mañana, comida en Avgónima, Anávatos al atardecer. Medio día largo y probablemente la mejor tarde de Quíos si te interesa la historia por encima de la playa.

Es también el contrapunto perfecto a la alegría de la Mastihohoria: allí los pueblos fortificados sobrevivieron, aquí no. La misma guerra, dos finales distintos.