Conviene saber a qué se viene. La Chora de Quíos no es una de esas capitales isleñas de casas blancas y buganvillas para la foto. Es una ciudad de verdad, con casi la mitad de la población de la isla, tráfico a las ocho de la mañana, hospital, universidad y edificios de los años setenta que no ganarían ningún premio.
Si llegas esperando Naousa o Fira, la primera impresión te va a decepcionar. Si le das dos horas, cambia por completo.
El castillo habitado
Lo mejor está detrás de la fachada moderna. El kástro genovés ocupa el extremo norte del puerto y no es un monumento vallado: es un barrio donde vive gente, unas seiscientas personas, con sus casas, su plaza y sus gatos.
Se entra por la Porta Maggiore, la puerta principal reconstruida por los venecianos en 1694. Dentro conviven capas de historia sin ningún orden: casas otomanas de madera, la mezquita de Bayrakli del siglo XIX, unos baños turcos que se pueden visitar, y el Palacio Giustiniani, una fortaleza genovesa del siglo XV que hoy acoge exposiciones temporales.
Los bizantinos lo levantaron en el siglo X y los genoveses lo ampliaron a partir de 1346. Falta la muralla del lado sureste, que da al mar, pero se puede caminar por la muralla oriental con vista al Egeo y a la costa turca enfrente.
Un detalle que a mucha gente le sorprende: hay tres mezquitas conservadas en Quíos. Aquí la historia otomana no se borró.
Los museos
Para el tamaño de la isla, hay más de los que esperas y son baratos.
La Biblioteca Koraís es una de las más importantes de Grecia, fundada en 1792, con doscientos noventa mil volúmenes. En su primera planta está el Museo Folclórico Argenti, con trajes, bordados, herramientas de pastor, una silla de partos del siglo XIX y retratos de las familias armadoras. Entrada en torno a dos euros.
El Museo Bizantino está en la antigua mezquita Mecidiye, en la plaza central, con esculturas y murales cristianos, piezas genovesas y otomanas.
El Museo Marítimo ocupa una mansión del siglo XIX y cuenta la tradición naviera de la isla, que es enorme: los armadores de Quíos y de las vecinas Inousses controlan todavía hoy una parte sustancial de la flota mercante griega.
El Museo Arqueológico ha estado en obras y conviene comprobar si ha reabierto antes de ir.
Comer y pasear
El paseo marítimo, la avenida Aigaíou, es donde ocurre todo por la tarde. Cafés, heladerías, gente paseando y el ritual griego del volta, que es salir a caminar sin destino.
Detrás del puerto hay un mercado y una zona de calles peatonales, con Aplotariá como eje. Ahí es donde están las tabernas buenas, no en primera línea. Hotzas, en la parte alta, lleva décadas sirviendo cocina casera con giros propios y es de esos sitios que los locales defienden. Kechibari es una ouzerí pequeña a diez minutos del puerto donde se pide por platitos.
Para comprar mastiha, la Mastihashop del paseo es la tienda oficial de la cooperativa. Pide que te den a probar resina pura antes de comprar nada: el sabor sorprende y ayuda a decidir.
Los jardines municipales de Vounaki tienen un cine de verano al aire libre que funciona en agosto. Ver una película bajo los árboles con el murmullo del puerto de fondo es de las mejores cosas que se pueden hacer en la Chora por cinco euros.
Práctico
El puerto está en el centro, así que si llegas en ferry ya estás donde tienes que estar. El aeropuerto queda a cuatro kilómetros, cinco minutos en taxi.
Hay taxis rojos (ciudad) y grises (pueblos), y alquiler de coches a pie de puerto. También un servicio municipal de bicicletas por horas en el extremo noroeste del paseo, útil para bajar a Kampos.
La playa más cercana decente es Karfás, a seis kilómetros al sur, con autobús urbano regular.
Dónde encaja en el viaje
La Chora funciona bien como base si vas pocos días o sin coche, porque tiene todo abierto todo el año y las conexiones salen de aquí. Si tu objetivo es la Mastihohoria, dormir en el sur te ahorra una hora de coche diaria.
Lo que sí recomendamos sin reservas es reservarle una tarde entera, ya sea al principio o al final. La ciudad se disfruta a partir de las seis, cuando baja el calor, abren las tiendas otra vez y el paseo se llena. Es el momento en que Quíos deja de ser una isla con monumentos y se convierte en un sitio donde vive gente.