En Mesta no hay puerta principal. Hay cuatro accesos discretos, tan estrechos que dos personas no pasan de frente, y una vez dentro te das cuenta de que estás en algo que no es exactamente un pueblo.
Las casas exteriores no tienen ventanas hacia fuera. Están pegadas unas a otras formando una muralla continua, con torres circulares en las esquinas. Dentro, los callejones se cruzan sin lógica aparente, muchos cubiertos por arcos de piedra que sostienen las casas de arriba y que además funcionan como refuerzo antisísmico. En algunos tramos caminas prácticamente por un túnel.
Todo esto lo construyeron los genoveses en el siglo XIV con un objetivo muy concreto: que si los piratas conseguían entrar, se perdieran. Y funcionó durante cuatrocientos años.
Cómo se recorre
La primera vez que entras te pierdes. Es inevitable y es parte de la gracia. El pueblo mide poco más de doscientos metros de lado a lado, así que perderse es un juego, no un problema.
El centro es la plaza que los vecinos llaman Livadi, con dos o tres tabernas, un café y sombra de verdad. Es donde se acaba desembocando siempre, hagas lo que hagas.
La iglesia grande, la Megas Taxiarchis del siglo XIX, tiene un iconostasio de madera tallada impresionante y suele estar abierta. Al lado queda la iglesia vieja, mucho más pequeña y más interesante para nuestro gusto, con frescos oscurecidos por siglos de velas.
Merece la pena buscar la torre central: originalmente el pueblo tenía una torre defensiva en el medio donde se refugiaba la población si caían las murallas. Hoy quedan restos integrados en las casas.
Vivir dentro de la Edad Media
Lo que diferencia a Mesta de otros conjuntos medievales es que sigue habitado de verdad. Hay unas cuatrocientas personas viviendo allí, con sus coches aparcados fuera, su supermercado y sus reuniones en el café.
Se puede dormir dentro. Hay varias casas tradicionales convertidas en apartamentos y habitaciones, con precios que en temporada rondan los cuarenta o cincuenta euros la doble, mucho menos de lo que costaría dormir en un pueblo así en cualquier otro sitio de Europa. Las paredes de piedra mantienen la casa fresca en agosto sin aire acondicionado, algo que se agradece.
La contrapartida honesta: en invierno cierra casi todo y el pueblo se queda en silencio absoluto. Y en verano, si duermes junto a la plaza, la vida nocturna de la taberna llega a la almohada hasta la una.
Comer en Mesta
Aquí se come muy bien y muy barato. Las tabernas de la plaza sirven cocina de pueblo: guisos de olla, verduras al aceite, cabrito, y el plato local que hay que probar, la mastelo, un queso de Quíos que se hace a la plancha y se sirve con miel o con vino tinto reducido.
Pide souma, el destilado de higos que hacen aquí. Es fuerte, sabe a fruta seca y es lo que beben los locales.
Detalles prácticos
Se aparca fuera, en la explanada de la entrada. Dentro no entra ningún vehículo.
La visita cómoda son dos horas. Si comes allí, media mañana. El pueblo tiene sombra casi todo el día gracias a los arcos y a lo estrecho de los callejones, lo cual lo convierte en la mejor parada de la Mastihohoria en pleno agosto, justo lo contrario que Pirgi, que es precioso pero abrasador al mediodía.
A cuatro kilómetros está el puerto de Limenas Mestón, desde donde salen algunos ferries y donde hay tabernas de pescado con muy buena fama y ni un turista.
En el pueblo hay una asociación local que organiza rutas guiadas a pie por la Mastihohoria y salidas a los campos de lentisco en época de cosecha, entre julio y septiembre. Pregunta en cualquier café de la plaza: aquí las cosas se organizan hablando, no por internet.
Accesibilidad, que nadie suele contar
Los callejones son de piedra irregular, hay escalones sueltos y desniveles constantes. Con silla de ruedas es directamente impracticable, y con carrito de bebé es una batalla. Con niños que ya andan, en cambio, es un parque de atracciones.
Lo que se te queda
Salir de Mesta al atardecer, cuando la piedra se pone dorada y los vecinos sacan las sillas a los callejones, es una de esas cosas que hacen que un viaje merezca la pena. No hay tiendas de imanes, no hay animadores en la puerta de los restaurantes y nadie te intenta vender nada.
Es la contrapartida perfecta a la Chora, que es ciudad de verdad con su ruido y su tráfico. Y si tienes un día suelto, el mejor plan de la isla es encadenar Mesta por la mañana, Nea Moni a media tarde y una cena tardía en el puerto.