La carretera desde la Chora sube quince kilómetros entre pinos, con curvas cerradas y vistas que se abren de golpe sobre el Egeo. Y de repente, en un valle escondido, aparece un recinto amurallado con una torre y una cúpula. Nea Moni, el Monasterio Nuevo, que de nuevo tiene poco: lo fundaron en 1042.

La leyenda cuenta que tres ermitaños encontraron un icono de la Virgen colgando de un mirto en este valle. Se lo contaron a Constantino IX Monómaco, entonces exiliado en Lesbos, y le prometieron que sería emperador. Cuando lo fue, cumplió su parte: mandó construir aquí un monasterio a la altura de los mejores de Constantinopla, con artesanos traídos de la capital del imperio.

Los mosaicos

Es a lo que se viene. El katholikón, la iglesia principal, está cubierto de mosaicos del siglo XI sobre fondo de oro, y son de una calidad que no encaja con el tamaño del edificio ni con lo remoto del sitio.

Hay una Crucifixión que ocupa el muro completo, un Lavatorio de los pies donde Cristo lava los pies a Pedro, un Descenso a los infiernos con Cristo rescatando a Adán y Eva, y en el ábside una Madre de Dios que domina el espacio entero. Los suelos son de mármol taraceado, otro lujo bizantino de primer nivel.

El terremoto de 1881 tiró la cúpula original y el campanario. La reconstrucción se hizo lo mejor que se pudo, y por eso el Pantocrátor de la cúpula que ves hoy no es el del siglo XI. Los del resto de la iglesia sí.

Bajo la Crucifixión hay un reloj bizantino de fabricación armenia que llegó desde Esmirna en 1922, con los refugiados.

La capilla de los cráneos

Al lado de la iglesia hay una capilla pequeña con una vitrina. Dentro están los cráneos y los huesos de los monjes y de los habitantes que se refugiaron aquí durante la masacre otomana de 1822 y fueron asesinados dentro del monasterio.

Varios cráneos tienen marcas de sable perfectamente visibles. No hay cartel explicativo dramático ni montaje: están ahí, ordenados, y se entiende todo sin que nadie diga nada.

Impresiona. Con niños, avisa antes de entrar.

Hay que aclarar una cosa porque genera confusión: en los monasterios ortodoxos griegos también existe la costumbre de exhumar a los monjes fallecidos al año del entierro y guardar el cráneo en el osario. Eso es tradición normal. Lo de Nea Moni es distinto: es un memorial de una matanza.

Antes de que fuera esto

Antes de 1822, Nea Moni era uno de los monasterios más ricos y poderosos del Egeo. Tenía tierras, doscientos monjes, biblioteca y rentas propias. La masacre lo vació y ya nunca se recuperó. Hoy quedan unas pocas monjas.

Se conserva el recinto amurallado, la cisterna subterránea del siglo XI (que se puede ver, y merece la pena), el refectorio y las celdas en distintos estados de conservación.

Detalles prácticos

Abre normalmente de 8:00 a 13:00 y de 16:30 hasta la puesta de sol. Los horarios de tarde cambian según la estación y a veces cierran sin previo aviso, así que lo prudente es ir por la mañana.

La entrada es gratuita, aunque hay un cepillo para donativos y merece la pena dejar algo.

Código de vestimenta: hombros y rodillas cubiertos, hombres y mujeres. Suele haber pareos en la entrada, pero no cuentes con ello en horas bajas.

No hay bus. Se llega en coche o en taxi desde la Chora (unos veinte minutos, alrededor de veinticinco euros ida y vuelta con espera). Hay aparcamiento junto al recinto.

Qué combinar

A siete kilómetros por la misma carretera está Anávatos, el pueblo abandonado sobre el precipicio, que es la otra mitad de la misma historia de 1822. Y en el camino queda Avgónima, un pueblo de piedra dorada precioso con dos tabernas con vistas al atardecer que son de las mejores de la isla.

Ese circuito (Nea Moni, Avgónima, Anávatos) es medio día perfecto y es exactamente lo contrario del día en la Mastihohoria: allí es arquitectura de defensa civil, aquí es arte imperial y memoria.

¿Merece el desvío?

Sí, y con margen. Los mosaicos de Nea Moni están en la misma liga que los de Osios Loukás y Dafní, los otros dos monasterios bizantinos griegos con los que comparte la declaración UNESCO. La diferencia es que aquí no hay cola, no hay entrada y muchas veces estás solo en la iglesia.

Con cuarenta y cinco minutos vas justo. Con hora y media lo ves bien y te queda tiempo para sentarte en el patio, que es donde uno acaba entendiendo por qué eligieron este valle.