Se llega a Pirgi por una carretera que baja entre lentiscos y, hasta que no estás dentro, no entiendes de qué habla todo el mundo. Desde fuera parece un pueblo de piedra más del sur de Quíos. Y entonces entras en la plaza y te encuentras con esto.

Todas las fachadas, absolutamente todas, están cubiertas de dibujos geométricos en blanco y negro. Rombos, círculos, zigzags, damas, espirales, flores estilizadas. Casa tras casa, callejón tras callejón, hasta la iglesia. No es una calle turística decorada para la foto: es el pueblo entero, con la ropa tendida y los abuelos sentados en la puerta.

Cómo se hacen los xystá

La técnica se llama xystá y no tiene nada de pintura. Se enluce la pared con una mezcla de cemento, arena volcánica y cal, se pinta de blanco encima, se aplica una capa de arena negra volcánica y luego, con un tenedor doblado o una púa, el artesano rasca el negro para que aparezca el blanco de debajo.

Es lento, es manual y se aprende en casa. Cuentan que la técnica llegó con los genoveses, inspirada en el esgrafiado italiano, pero en ningún otro lugar de Grecia arraigó como aquí. En Pirgi se convirtió en identidad colectiva: si arreglas tu fachada, la arreglas con xystá.

Nos lo explicó un señor mayor mientras rascaba un muro con una paciencia de relojero. Nos dijo que su padre le enseñó y que él le enseñó a su hijo, aunque el hijo trabaja en Atenas. Ese es el problema de fondo, y él lo sabe.

Qué ver dentro del pueblo

La plaza central es el corazón, con tabernas, cafés y la pequeña iglesia de los Santos Apóstoles del siglo XII, una miniatura bizantina que replica en pequeño la iglesia de Nea Moni. Abre por las mañanas de martes a sábado y merece los cinco minutos que se tarda en verla.

Al este de la plaza hay una casa con una placa que asegura que allí vivió Cristóbal Colón. La historia dice que Colón pasó por Quíos como comerciante genovés y que era aficionado a la mastiha, aunque al parecer la usaba como sellante para los barcos más que como golosina. Los locales lo cuentan a medias en broma y a medias en serio.

Merece la pena perderse por los callejones traseros, donde el pueblo pierde el barniz y aparecen los patios, las parras y los tendederos. Y subir a la torre central, el pirgos que da nombre al pueblo, que es lo que quedaba de la estructura defensiva original.

Cuándo ir para no verlo lleno

Pirgi es la parada obligatoria de cualquier excursión organizada de la isla, así que entre las once de la mañana y las dos de la tarde puede haber tres o cuatro autocares. No es Santorini, no te van a empujar, pero para hacer fotos sin gente lo mejor es llegar antes de las diez o después de las cinco.

En agosto, la plaza se llena por la tarde con vecinos y no con turistas, que es exactamente cuando el pueblo está mejor. Los cafés de la plaza sirven souma (el aguardiente local de higos) y suvlaki a precios de pueblo, no de destino turístico.

Detalles prácticos

Hay aparcamiento a la entrada del pueblo. Dentro no se puede circular y tampoco querrías: los callejones tienen dos metros de ancho.

La visita se hace en una hora larga si vas al ritmo de mirar fachadas. Combinada con Mesta, que está a doce kilómetros, sale una mañana perfecta. Y a seis kilómetros al sureste está Emporiós, con la playa de guijarros negros de Mavra Volia, que es el remate natural del día.

Muy cerca de Pirgi está también el Museo de la Mastiha, en un edificio moderno rodeado de lentiscos, que es la mejor explicación de por qué existe todo esto.

Un consejo sobre el calzado: el suelo es de piedra irregular y con desniveles constantes. Nada de chanclas.

Y una advertencia sobre la sombra: entre las doce y las cuatro, los callejones estrechos son un refugio pero la plaza es una sartén. Los cafés tienen toldos y el granizado de mastiha existe. Aprovéchalo.

Por qué merece la pena

Hay pueblos bonitos en toda Grecia. Lo que hace especial a Pirgi no es la belleza, es la rareza: es un lugar donde una tradición decorativa concreta se convirtió en la forma en que un pueblo entero se identifica a sí mismo, y donde esa tradición sigue viva porque la gente sigue viviendo dentro.

No es un museo al aire libre. Es un pueblo que se decora a sí mismo desde hace seiscientos años y no piensa parar.