La primera vez que cruzamos la Puerta de Amboise fue a las siete y media de la mañana, casi sin querer. Habíamos madrugado por el desfase del ferry y la Ciudad Vieja estaba vacía. Solo un panadero descargando cajas y el eco de nuestros pasos en el adoquín. Media hora después, cuando los primeros grupos empezaron a entrar por la Puerta de la Libertad, entendimos que acabábamos de vivir el mejor momento posible aquí.
Esa es la primera cosa práctica que hay que saber: la Ciudad Medieval de Rodas es Patrimonio de la Humanidad desde 1988, es la ciudad medieval habitada más grande de Europa, y en agosto a mediodía es un hervidero. La misma calle que a las ocho de la mañana parece un decorado abandonado, a la una de la tarde tiene tres mil personas comprando imanes.
Qué estás mirando exactamente
La muralla que rodea el casco tiene cuatro kilómetros de perímetro y hasta doce metros de grosor en algunos tramos. La levantaron los Caballeros Hospitalarios de San Juan entre los siglos XIV y XVI, ampliándola cada vez que la artillería otomana mejoraba. Funcionó: resistió el asedio de 1480 y solo cayó en 1522, después de seis meses de bombardeo, cuando Solimán el Magnífico entró con ochenta mil hombres frente a los seiscientos caballeros que quedaban.
Hay once puertas. Las dos más usadas son la de la Libertad, la más cercana a Mandraki y a la parada de taxis, y la de Amboise, un poco más al interior, que cruza el foso por el tramo más bonito. Nuestra favorita para entrar es la de Amboise: la de Koskinou, al sureste, tiene la mejor vista del sistema defensivo completo si te acercas desde fuera.
El foso ya no tiene agua. Hoy es un paseo ajardinado que rodea buena parte de la ciudad y que casi nadie recorre. Es gratis, tiene sombra y en verano es diez grados más fresco que las calles de arriba. Si vas con niños o si el calor te está matando, este es el sitio.
Los tres barrios
La ciudad se divide en tres zonas con carácter propio.
El Barrio de los Caballeros, al norte, es la parte monumental: el Palacio del Gran Maestre, la Calle de los Caballeros y el hospital medieval que hoy alberga el Museo Arqueológico. Piedra pulida, arcos góticos y silencio relativo.
La Hora, en el centro y el oeste, es el barrio popular otomano. Aquí está Sokratous, la calle comercial que sube desde la plaza Ippokratous hasta la Mezquita de Solimán, con la fuente medieval en medio y una densidad de tiendas de souvenirs difícil de exagerar. Es lo que hay que atravesar rápido para llegar a lo bueno: las callejuelas laterales.
El Barrio Judío, al sureste, es el más tranquilo y el más conmovedor. Aquí vivió una comunidad sefardí desde el siglo I hasta que los alemanes deportaron a 1.673 personas en julio de 1944. Volvieron 151. En la Plaza de los Mártires Judíos hay un monumento con el hipocampo de bronce y a doscientos metros sigue en pie la sinagoga Kahal Shalom, la más antigua de Grecia, abierta al público con un pequeño museo.
Consejos prácticos que agradecerás
Entrar es gratis. Solo pagan entrada los monumentos concretos.
El calzado importa de verdad. El adoquín es irregular, redondeado y resbaladizo. Hemos visto turistas con sandalias de suela lisa haciendo equilibrios por Sokratous. Zapatilla o sandalia con agarre.
La ciudad es peatonal, pero los residentes tienen permiso para circular en scooter. No es un espacio 100 por cien libre de tráfico, ojo con los niños.
Para dormir dentro: es una experiencia preciosa, pero la maleta la arrastras tú. Y en verano el calor nocturno entre muros de piedra es real, comprueba que el alojamiento tenga aire acondicionado.
Los cruceros son la clave de la masificación. Cuando hay dos o tres atracados en Kolona, la ciudad se satura entre las diez y las cuatro. Se puede consultar el calendario de escalas en la web del puerto y planificar el día en consecuencia.
Perderse a propósito
El mejor consejo que nos dieron aquí fue tirar el mapa. La Ciudad Vieja tiene unas doscientas calles y callejones sin salida, y todos acaban desembocando en algún sitio reconocible porque la muralla te acota. Caminando sin rumbo por las calles de Ippodamou, Omirou o Agiou Fanouriou encuentras patios con parras, hammams abandonados, minaretes que asoman entre tejados y tabernas familiares donde el menú del día cuesta la mitad que en Sokratous.
Si el paseo te deja con ganas de más piedra, la acrópolis de Lindos es la otra gran cita histórica de la isla, a una hora en autobús hacia el sur.