El Valle de las Mariposas está a 25 kilómetros de la capital, en un pliegue verde del interior que no se parece a nada más en Rodas. Un arroyo baja por un desfiladero estrecho, hay pasarelas de madera, puentes pequeños, cascadas y una sombra densa de plataneros. Solo por el paseo ya merece la pena.
Lo de las mariposas necesita matices, y prefiero darlos antes de que compres la entrada.
Qué son en realidad
No son mariposas sino polillas tigre de la especie Euplagia quadripunctaria, conocidas aquí como Panaxia. Vienen atraídas por la resina del liquidámbar oriental, un árbol que suelta un olor dulce parecido a la vainilla y que en Europa solo crece de forma natural en unos pocos valles como este.
Cuando están posadas con las alas cerradas son marrones y grises y se camuflan perfectamente con la corteza. Al volar muestran las alas traseras, de un rojo anaranjado intenso. Es entonces cuando la escena impresiona.
Cuándo hay mariposas y cuándo no
Esto es lo importante y es la principal causa de decepción.
La concentración real va de finales de junio a mediados de septiembre, con el pico en julio y agosto. En mayo o en octubre el valle sigue siendo un paseo precioso, pero verás pocas o ninguna. La entrada baja de precio o desaparece fuera de temporada, así que al menos no pagas por lo que no hay.
También hay una regla estricta que conviene respetar: no se puede hacer ruido, aplaudir ni sacudir los árboles para hacerlas volar. Las polillas están en fase de reposo, no se alimentan y cada vuelo innecesario consume reservas que necesitan para reproducirse. La población ha caído mucho en las últimas décadas. Hay carteles y vigilantes, pero aun así se ve gente dando palmadas. No lo hagas.
El recorrido
Hay dos entradas, la baja y la alta. La mayoría de la gente entra por abajo y sube el kilómetro y medio de sendero, que se hace en unos 40 minutos con paradas, y luego vuelve. Es un recorrido fácil, con pasarelas de madera, escalones y barandillas.
Arriba, junto a la entrada superior, está el monasterio de Kalópetra, construido en 1782, con una explanada de sombra y vistas sobre el valle. Hay una cafetería y es el mejor sitio para descansar.
Prevé unas dos horas para hacerlo con calma. Con niños funciona bien porque el camino es entretenido, hay agua, puentes y sombra continua, algo raro en Rodas en julio.
Lo práctico
La entrada cuesta unos 5 euros en temporada. Hay aparcamiento en las dos entradas y un pequeño museo de historia natural junto a la puerta baja.
Calzado cómodo, aunque no hace falta nada técnico. Repelente de mosquitos: hay agua estancada en algunos tramos y pican. Y no uses perfume fuerte ni laca, porque los olores intensos molestan a las polillas y además pueden atraerlas hacia ti de forma poco agradable.
En autobús hay servicio desde Rodas Ciudad en temporada, pero con pocas frecuencias. Lo cómodo es ir en coche o contratar la excursión organizada, que suele combinarse con la colina de Filerimos en media jornada. Esa combinación funciona muy bien: mariposas por la mañana, monasterio y vistas al mediodía, y de vuelta en la capital para comer.
¿Merece la pena?
Nuestra respuesta: sí, si vas entre julio y septiembre y si te gustan los paseos por naturaleza. Es fresco, es verde, huele bien y es un contraste total con la Rodas de piedra y playa.
Si vas en mayo o si esperas ver nubes de mariposas de colores revoloteando en el aire, ajusta la expectativa. Lo que vas a ver son miles de polillas quietas sobre troncos, en penumbra, y un desfiladero muy bonito.
Después de esto, el interior de la isla merece seguir explorándose. Los pueblos de Embona y el monte Attavyros quedan a media hora hacia el sur y son la Rodas que casi nadie ve.