Hay un momento exacto en la visita a la Ciudad Vieja de Rodas en el que el ruido se apaga. Es cuando dejas la plaza Mousiou, subes tres escalones y entras en Ippoton, la Calle de los Caballeros. De golpe no hay tiendas, no hay carteles, no hay terrazas. Solo piedra, arcos que cruzan de un lado a otro y una cuesta suave de 610 metros hacia el Palacio del Gran Maestre.

Es, sin discusión, la calle medieval mejor conservada de Grecia y una de las mejores de Europa.

Las siete lenguas

Los Caballeros Hospitalarios de San Juan se organizaban por origen geográfico en siete "lenguas": Francia, Provenza, Auvernia, Italia, Aragón (que incluía a los caballeros españoles), Inglaterra y Alemania. Cada lengua tenía asignado un tramo de muralla que defender y una posada, o albergue, en esta calle.

Subiendo desde el museo se pasa por delante de casi todas. El Albergue de Italia, con el escudo del gran maestre Fabrizio del Carretto y la fecha de 1519. El de Francia, el más ornamentado, con cocodrilos y flores de lis talladas en la fachada y hoy sede del consulado francés. El de España, más sobrio. El de Provenza, con su escudo cuartelado. Y el de Inglaterra, ligeramente apartado, reconstruido en 1919 después de que un terremoto lo arruinara.

Los edificios no se visitan por dentro salvo excepciones puntuales de exposiciones temporales. Es una calle para caminar y mirar hacia arriba.

Por qué está tan intacta

Dos motivos. El primero es que los otomanos, después de 1522, reutilizaron los albergues como viviendas y oficinas sin demolerlos. El segundo, más determinante, es que los italianos la restauraron a fondo entre 1913 y 1940, retirando los añadidos otomanos, reconstruyendo arcos caídos y devolviéndole el aspecto que tenía en el siglo XVI.

Esa restauración fue polémica en su día y sigue siéndolo entre arqueólogos: se eliminó una capa completa de historia otomana para recuperar una imagen medieval idealizada. Pero el resultado visual es innegable.

Cuándo ir para tenerla para ti solo

Aquí el consejo práctico es el más útil de toda la Ciudad Vieja. La calle está totalmente desierta antes de las nueve de la mañana y a partir de las siete de la tarde. Entre las diez y las cinco pasan por ella todos los grupos de crucero de la isla, en fila, con guía y micrófono.

Nosotros la recorrimos dos veces: una a las ocho y cuarto de la mañana y otra a las siete y media de la tarde, con la luz naranja lamiendo la piedra. La segunda fue la buena. Es cuando entiendes que estás en una calle donde vivían soldados-monjes hace seiscientos años y no en un decorado.

Tampoco hay bancos ni sombra, y la cuesta, aunque suave, es continua. Con calor de agosto y a mediodía se hace pesada. Llévate agua.

Lo que hay en cada extremo

Al pie de la calle está la plaza Mousiou con el Hospital de los Caballeros del siglo XV, hoy Museo Arqueológico, y es donde empieza la subida. Enfrente queda la iglesia de Nuestra Señora del Burgo, en ruinas y muy fotogénica.

Arriba del todo, cerrando la perspectiva, el Palacio del Gran Maestre. El orden lógico de visita es museo, calle, palacio, en ese sentido, porque así subes la cuesta con el objetivo delante y bajas después descansado.

A media calle hay un arco que conecta dos edificios y que aparece en el 90 por ciento de las fotos de Rodas. Es el punto donde todo el mundo se para. Si quieres la foto sin gente, ya sabes: antes de las nueve.

Un apunte sobre accesibilidad

La calzada es de guijarro y losa irregular, con pendiente. En silla de ruedas es complicado, aunque no imposible con acompañante y llantas grandes. Con carrito de bebé es incómodo pero factible. Con tacones es directamente mala idea, y lo decimos en serio: hemos visto más de un tobillo torcido aquí.

Si después de esta dosis de arquitectura medieval te apetece cambiar completamente de registro, la bahía de Anthony Quinn está a veinte minutos en coche y es agua esmeralda entre rocas.