Lindos está a 47 kilómetros al sur de la capital y es lo más parecido a un pueblo cicládico que hay en el Dodecaneso: casas encaladas, callejuelas de dos metros de ancho, ni un coche dentro. La diferencia con las Cícladas es lo que tiene encima, una acrópolis del siglo IV antes de Cristo, y lo que guarda dentro, un patrimonio de casas señoriales que no existe en ninguna otra isla griega.

Las casas de los capitanes

Entre los siglos XV y XVIII, los armadores de Lindos hicieron fortuna con el comercio marítimo y construyeron los arhontiká, mansiones de piedra con portadas monumentales talladas.

Se reconocen enseguida: puertas enormes con relieves de cuerdas trenzadas, rosetones y escudos, que dan a patios interiores empedrados con el hochlakia, el mosaico de guijarros blancos y negros que forma dibujos geométricos. Dentro, techos de madera pintada con motivos que mezclan lo bizantino y lo árabe.

Varias de estas casas se pueden ver por dentro. Algunas funcionan como tiendas o restaurantes, otras abren directamente al público con una donación voluntaria. Basta con mirar las puertas abiertas al pasar: en Lindos la frontera entre calle y patio es porosa y los propietarios están acostumbrados a que la gente asome la cabeza.

La iglesia de la Panagía

En el centro del pueblo, la iglesia bizantina de la Panagía tiene planta de cruz, campanario de tres cuerpos y un interior completamente cubierto de frescos pintados en 1779 por Gregorio de Symi. El suelo es de hochlakia, igual que los patios. Es pequeña, oscura y fresca, y en pleno agosto se agradece por partida doble.

La entrada es gratuita pero hay código de vestimenta: hombros y rodillas cubiertos. Suelen tener pareos a la entrada.

La verdad sobre las multitudes

Aquí toca ser honestos. Lindos entre las once de la mañana y las cinco de la tarde en julio y agosto es un embudo. Las calles tienen dos metros de ancho, llegan autobuses cada quince minutos desde la capital y todos suben a la acrópolis por la misma escalinata. Hay tramos donde literalmente hay que esperar a que pase la gente en sentido contrario.

Y sin embargo, a las ocho de la mañana o a las nueve de la noche, Lindos es un pueblo de tres mil habitantes con gatos durmiendo en los escalones y ancianas regando macetas.

La estrategia que funciona: si vienes de día, llega en el primer autobús y vete a las once. Si puedes elegir, duerme aquí una noche. Ver el pueblo vaciarse al atardecer, cenar en una terraza con la acrópolis iluminada arriba y desayunar en calma antes de que llegue el primer autocar es una experiencia distinta al Lindos de excursión.

Comer y beber

Hay mucha oferta y mucha trampa turística en el eje principal. Las mejores mesas están en las azoteas: varias tavernas y bares tienen terraza en el tejado con vista directa a la acrópolis, y ahí el precio del cubierto se justifica.

Un plato principal ronda los 15 a 22 euros en el pueblo, bastante por encima de la media de la isla. Si viajas ajustado de presupuesto, la opción sensata es comer en Pefkos o Kalathos, a cinco minutos en coche, y venir a Lindos solo a pasear y cenar algo ligero.

Cómo llegar y cómo moverse

El autobús KTEL sale de la estación de Mandraki en la capital cada media hora aproximadamente en verano, cuesta unos 5,50 euros y tarda algo más de una hora. Es cómodo y evita el problema del aparcamiento.

En coche hay dos aparcamientos, uno abajo cerca de la playa y otro arriba junto a la carretera, con lanzadera de 60 céntimos. En agosto se llenan antes de las diez de la mañana. Cuestan unos 5 euros el día.

Dentro del pueblo no entran vehículos más allá de la plaza Eleftherias. Todo es a pie, con cuestas y escalones. Con carrito de bebé es un suplicio y en silla de ruedas es prácticamente inviable, hay que decirlo claro.

Qué hay alrededor

Justo debajo del pueblo hay dos bahías. La playa principal de Lindos, de arena y agua muy tranquila, ideal con niños, y la bahía de San Pablo, una cala casi circular bajo el acantilado de la acrópolis.

Y por supuesto, la acrópolis misma, que es la razón por la que casi todo el mundo llega hasta aquí y merece cada uno de los 116 metros de subida.