Filerimos es una meseta de 267 metros que domina toda la costa noroeste de Rodas, a un cuarto de hora en coche del aeropuerto. Es uno de esos sitios donde se ve de un vistazo por qué la geografía manda: desde arriba controlas la bahía de Ialyssos, la pista del aeropuerto, Ixia y en días claros la costa turca. Quien tuviera esta colina, tenía el norte de la isla.

Por eso lleva ocupada tres mil años.

Capas, una encima de otra

Abajo del todo, los fenicios. Encima, la ciudad doria de Ialyssos, una de las tres que se unieron en el 408 antes de Cristo para fundar la ciudad de Rodas. De ese periodo queda la base del templo de Atenea Polias y Zeus Polieus, del siglo III antes de Cristo, y una fuente dórica del siglo IV con cabezas de león que hay que bajar unos escalones para ver y que mucha gente se salta.

Encima, una basílica paleocristiana bizantina con pila bautismal en forma de cruz, todavía visible en el suelo.

Y encima de todo, el monasterio de Nuestra Señora de Filerimos, levantado por los Caballeros de San Juan en el siglo XIV sobre las ruinas anteriores y reconstruido por los italianos en los años treinta. Es un complejo de cuatro capillas comunicadas entre sí: entras por la principal, de 1306, y vas pasando de una a otra por arcos bajos. La capilla más interior conserva un mosaico bizantino con un pez rojo, símbolo paleocristiano.

El vía crucis y la cruz

Los italianos trazaron un camino de unos 500 metros que sale del monasterio entre cipreses, con las estaciones del vía crucis en bajorrelieves de piedra a los lados. Es un paseo llano y sombreado, precioso a última hora de la tarde.

Al final está la gran cruz de hormigón de 18 metros de altura. La original la construyeron los italianos y ellos mismos la derribaron en 1941 porque servía de referencia de navegación a los aviones aliados. La actual es una reconstrucción de 1995 y se puede subir por dentro: hay una escalera estrecha hasta los brazos, con ventanucos. La vista desde arriba es de 360 grados.

Aviso para claustrofóbicos y para quien tenga vértigo: la escalera es angosta, de caracol y con poca luz. No es apta para todo el mundo y con mucha gente se forma tapón.

Los pavos reales

Filerimos está lleno de pavos reales sueltos. Decenas. Se pasean por el aparcamiento, por el claustro y por el vía crucis, y hacen ese grito característico que sobresalta la primera vez.

Son mansos y muy fotogénicos, pero no les des de comer: hay carteles pidiéndolo expresamente y en verano se ponen insistentes con las bolsas de picnic. Con niños son el gran atractivo del sitio, más que las ruinas.

Lo práctico

La entrada cuesta unos 6 euros, con reducciones habituales para menores de 25 de la Unión Europea. Hay aparcamiento gratuito arriba, lo que hace la visita muy cómoda: se aparca y todo queda a menos de diez minutos andando.

Código de vestimenta en el monasterio: hombros y rodillas cubiertos. Suelen prestar pareos en la entrada.

La visita completa lleva hora y media larga si haces el vía crucis y subes a la cruz. Hay una cafetería junto al aparcamiento y un pequeño monasterio activo donde los monjes venden Sette Erbe, un licor de siete hierbas de receta propia. Es amargo, herbal y muy peculiar, y es el mejor souvenir comestible de la isla.

En transporte público es incómodo. El autobús llega a Ialyssos, abajo, y desde ahí hay que subir cinco kilómetros de cuesta. Lo razonable es coche, taxi o excursión organizada, que suele combinar Filerimos con el Valle de las Mariposas en media jornada.

Cuándo ir

A última hora de la tarde. La luz sobre los cipreses del vía crucis a las siete de la tarde en verano es la razón principal para venir, y encima hace fresco y los grupos de crucero ya se han marchado.

Si además coincide que puedes quedarte hasta el atardecer desde la explanada de la cruz, la panorámica sobre la costa oeste con el sol cayendo detrás del mar es de las mejores de la isla, comparable a la que se disfruta desde la acrópolis de Lindos en el otro extremo de Rodas.